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Crónicas

 Vivencias de la atención plena y el aprendizaje del MBTB.

Crónicas desde la Luz Serena

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A medida que las hoces del Cabriel, empezaron a señalarme que ya llegábamos a la perla que esconde esta reserva natural, una alegría chispeante empezó a manar como torrentes entre las venas de mi sangre. Hacía once años que no volvía a Luz Serena, veinteseis desde que realicé mi primera seshin con Dokusho Villalba y la vida tuvo a bien otorgarme mi primer Amigo de Bien, un Kulamitra, que dicen en el Zen. Aquella primera seshin de diez días y horas interminables de meditación, que prometían acabar con mis tobillos y con mi resistencia, transformaron mi alma para siempre. Con veintiún años recién cumplidos recibí por primera vez la enseñanza que buscaba desesperadamente desde siempre: porqué sufrimos y cuáles son las causas de la felicidad que anhelaba profundamente. Buda y sus Cuatro Nobles Verdades le dieron sentido a un sufrimiento existencial que hasta ese momento no tenía nombre.

Se despertó, ya para siempre, un fuerte anhelo de Despertar, como un regalo del Cielo de la trascendencia que transformó el sentido de mi vida y la dotó de un propósito. Luz Serena se convirtió entonces en mi imaginario, en la primera matriz que me parió a la vida de la búsqueda espiritual y aunque nunca tome refugio en las Tres Joyas del Budismo, pues mi destino confesional se iba a refugiar en otra tradición, la gratitud hacia lo que se ha amado se hizo, como el amor verdadero, eterna y trasciende los tiempos y los espacios de este samsara. Buda sería mi primer maestro, el Gran Cirujano de la Mente que empezó a operar en una aflicción intensa, que no se  curaba con la vida sino con la iluminación de la vida.

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Veintiséis años después de búsquedas y encuentros Luz Serena aparecía tras una última curva, que aún recordaba como esa bahía amable que permite al marinero volver a tierra segura, el paso hacia el interior. Hacía apenas cuatro meses que había acabado el Experto en Mindfulness en Contexto de Salud de la Universidad Complutense y mi vida se había precipitado en un nuevo ciclo, en el que la palabra servicio para aliviar el sufrimiento presidía mi ocupación en el mundo.

Acaba de perder mi anterior ciclo en un incendio que lo devoró todo, después de 26 años de vivir en las montañas Madrid me recibía con la mano delante y la mano detrás, de nuevo estaba virgen para ser preñada por la confianza en que la vida sabia nos coloca siempre en el lugar adecuado, si la dejamos, y que nos va proveyendo de los recursos, de las pruebas necesarias para no dormir ese anhelo del despertar, único motor real de la vida. Abrí un centro para recordar lo único realmente necesario, Sati lo llamé, y en menos de cuatro meses tenía lista de espera de personas con verdadera necesidad de algo que les parase internamente, que les reconciliase con un combate ontológico que se libra en cada hombre.

Adapté mindfulness a mi propia perspectiva, que es tradicional, y usaba la metáfora de que mis talleres eran el humilde zaguán en el que uno se quita las primeras capas, el abrigo, los zapatos manchados de mundo para prepararse para entrar en moradas más interiores, donde van sobrando cada vez más las capas de ropajes, velos y máscaras con las que la estructura egocéntrica se reviste para sobrevivir a la intemperie del olvido de su auténtica naturaleza, pero que mindfulness era insuficiente para aliviar la raíz profunda de la aflicción que el hombre dormido lleva en su alma, la de quien se está quemando en un océano de fuego sin saberlo. Insistía que un camino de transformación radical necesita de tres elementos: una verdad a la que la inteligencia pueda ir adhiriéndose y que le permita distinguir lo real de lo ilusorio; una vía que permita concentrarse en lo real y un cuerpo ético que conforme el continente de la mente al contenido que pretende realizar y que eso, al día de hoy, sólo se encuentra, desde mi pequeña visión en una Tradición.

Insistía una y otra vez para no llevar a engaño que MF era sólo uno de los ocho elementos del Noble Sendero Octúple del Buda que llevan a la liberación y que no fue diseñado para quitar el estrés, aunque su poder era tal, ya que había sido enseñado para alcanzar las más altas cumbres de la seidad, que aun haciéndolo fuera del marco, podía producir verdaderas revoluciones en la vida del que se acercaba para aliviar el malestar de vivir en una sociedad enferma, pues vive en el olvido de lo único realmente necesario.

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Y así fue, varios de mis alumnos empezaron a cuestionarse sus modos de vida, sus relaciones consigo mismos y con los demás, y a medida que acababan las intervenciones de siete semanas me pedían más, pero del mindfulness no se puede sacar más sino se lo reviste de una visión correcta, de un pensamiento correcto, una palabra recta, una acción correcta, una forma de vida correcta, un esfuerzo correcto, una concentración correcta. Incluso puede resultar perjudicial, pues deja la obra alquímica de la realización a medias, y la persona se hace más consciente de su sufrimiento, se sensibiliza al malestar de la cultura en la que vive, empieza a perder la identidad que le sustentaba, pero le faltan herramientas para desarraigar lo que parece indesarraigable, su mente de mono loco de multiplicidades escindidas.

Uno de mis maestros siempre insiste que el sufrimiento que experimenta la mente, la psique, sólo puede conocerse a partir de algo que la trascienda, sin una visión correcta, una sabiduría justa los hombre no pueden superar su subjetividad, su egocentrismo. La voluntad de un hombre en la aplicación de un método como la meditación no puede superar el egoísmo si la inteligencia que le guía no sobrepasara esencialmente a la psique, si en su esencia no trascendiera el plano de los fenómenos, tanto interiores como exteriores. Ese es el papel de las verdades dadas “desde arriba”.

Así que sentí que necesitaba profundizar en la Nobles Verdades del Buda que dio desde la altura de su liberación; fortalecer la raíz de la que manaba el árbol del budismo, del que se había extraído savia de una de sus ramas, pues varios aspectos del mindfulness secular creaban confusión, como el no juzgar la experiencia, la aceptación radical de los pensamientos y emociones aflictivos, que no los  transforma en virtudes; el peligro de la compasión sin intelección, excesivamente sentimental…

Sentía temor de despertar a los alumnos, que venían a quitarse el estrés, a la realidad de un océano de fuego, que es estar desperdiciando el don de la existencia para veleidades egoicas, de un felicismo estéril e impermanente sin pertrecharles minimamente con las armas de cierta visión encuadradora del proceso y de un cuerpo de virtud.

Me sentía tan responsable que le pedí al Cielo nuevos elementos doctrinales y metódicos para seguir amueblando mi humilde zaguán de los primeros pasos. Y Luz Serena y Dokusho Villalba volvieron a aparecer en mi vida como respuesta.

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La entrada de Luz Serena me recibió con esa humildad del guijarro blanco y mi alegría empezó a tocar tambores sobre el lienzo del corazón. Había nuevos edificios, la carpa ya no estaba, pero ese silencio elocuente lo permeaba todo, ese espacio consagrado al Despertar impregnaba cada hueco y casi corriendo fui a saludar al lugar en uno de los espacios que más me significaban. Camino a la explanada del círculo, donde desde hace décadas se dibuja una y otra vez el futuro templo encontré una figura del Buda y me arrodille ante la belleza de su sonrisa serena, que hablaba en medio de la quietud del bosque del tesoro escondido en cada uno, giré a su alrededor como las agujas del reloj, rondándole  por las cuatro direcciones y me arrodillé en devoción ante lo que simbolizaba.

En el círculo volví a sentir la arena roja bajo mis rodillas y allí permanecí en alegría serena hasta que la secretaría abrió sus puertas para recibirnos e iniciar los primeros pasos en un nuevo compromiso. Formarme como Monitora de Atención Plena bajo la tutela de Dokusho Villalba. Acaba de cruzar la puerta de su nuevo proyecto: La Escuela de Atención Plena .

Sesenta y seis personas formábamos un círculo en el que presentamos nuestra motivación, intenté a escuchar a cada uno con atención plena, eran 66 espejos en los que conocerse. Cada historia, cada rostro, cada ser nos devuelve siempre la posibilidad de explorar nuestros prejuicios, nuestras tendencias, nuestras preferencias, nuestros sesgos, la calidad de nuestra empatía y también 66 espejos donde reconocer un único verso, un único reflejo, una humanidad compartida hecha de los mismos anhelos de plenitud y felicidad.

La cena exquisita, la noche hermosa plagada también de sus pruebas, el dormir en común 30 mujeres con sus ronquidos pone a prueba la  paciencia  y la capacidad de enfoque y desenfoque a voluntad, del que la mayoría adolecemos.

Con las primeras luces del alba corrí, antes de ir a la meditación, a visitar mi otro sacrosanto lugar: una peña que se asoma como balcón salvaje a las hoces, donde encontré un  nuevo Buda recordándome lo único realmente necesario, las nieblas dibujaban sumi-es en cada parpadeo de mi retina y el gozo invadió mi corazón ante la belleza serena de el único ambiente apropiado para el hombre verdadero, la naturaleza y si es virgen, éxtasis asegurado.

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La primera meditación en el bendito dojo en el que pasé unas cuantas seshins, después de la primera, me hacía sentir en casa. Entrar en un dojo consagrado a la iluminación es volver a casa, es desprenderse una capa de mundo por el mérito de su mera atmósfera. La postura sedente llena de su majestad y belleza estaba repartida en muchos de los compañeros de este nuevo viaje y pasaron volando los minutos mientras la rendija de ojo que hay que dejar abierta me hablaba del avance inamovible de la luz, del amanecer y del paso inexorable de la vida.

Caminamos en fila india, sin dejar huella, como dicen los indios de la praderas, para que el enemigo del olvido no te encuentre, sintiendo el cuerpo levantarse en la bendita fuerza de la ascensión, que proyecta el músculo hacia arriba; sintiendo el cuerpo en la bendita fuerza que lo abaja, y la respiración dotando al movimiento de su fuerza, de su sangre oxigenada. Pasear en Luz Serena después de un año y medio en el exilio de la ciudad me parecía realmente una bendición, un regalo del cielo: silencio, naturaleza, hermanos de camino, un guía, el sonido del recuerdo en la campana.

En la primera sesión se llevó a cabo una breve ceremonia de entrega del compromiso firmado por parte de todos los participantes tras la lectura del texto que recoge los puntos a que nos comprometíamos. Dokusho nos miró a los ojos uno a uno mientras nos pregunta si aceptábamos y uno contestaba con el color de su compromiso: Acepto.

La primera clase me la bebí entera, creo que ni parpadee para digerir cada palabra, muchas de mis investigaciones acerca de la etimología de la palabra mindfulness eran corroboradas, la confusión entre atención pura y atención plena eran diseccionadas por treinta y siete años de estudio y de práctica de Dokusho; Alan Wallace me había puesto en la pista de una confusión de términos producida por lo que un amigo llama el “budismo protestante” de el movimiento vipassana, que como el concilio Vaticano en el catolicismo, quiso acercarse a los laicos, perdiendo en el camino las dimensiones más verticales, que son las que realmente pueden liberan del sufrimiento; pues entrenar la atención, que acontece en el instante en que el órgano del sentido entra en contacto con el objeto de los sentidos, antes de que se produzca la identificación, que implica una separación entre sujeto y objeto y que permite la observación para discernir qué tipo de fenómeno emerge es una practica éticamente neutra, no lleva como la atención plena correcta a la cesación del sufrimiento, pues en esta práctica de la atención pura todas las enseñanzas sobre sabiduría, concentración y ética resultan irrelevantes.

Esa atención pura es muy loada entre los grupos neoadvaitines dando a veces casos de perdida de realidad, en las que las personas entran en una especie de quietismo interior, no exento de gozo, pero que alelados en la textura de un peldaño olvidan a dónde baja y sube la escalera, lo que les hace perder la perspectiva de la realidad en su completud, donde la forma en que ejecutamos el pago de nuestras facturas tiene el mismo valor sacramental que contemplar la vela de una llama. Para Dokusho la atención pura que es más parecida a la definición de MF no es imprescindible para el proceso de la liberación.

Mi perspectiva es más parecida al budismo de la Tierra Pura por eso no todo lo que Dokusho sirvió en la mesa con exquisito tacto secular para distinguir el marco de creencias y practicas religiosas del marco cognitivo-ético en el que la Atención plena fue enseñada lo digerí como alimento, y dejé  de lado las visiones que me alejaban de mis objetivos superiores.

Entendía el propósito general de esta nueva Escuela que utiliza la estructura del MBSR de Jon Kabat Zinn con elementos budistas que la profundizan, pero sin desarrollar la doctrina, sino pivotando, sobre todo, en los elementos técnicos, cognitivos y éticos para llevar la atención a todo el mundo y no dejar fuera del regalo, que supone cultivar esta habilidad innata en todo ser human -que es la atención plena-, y que cultivada puede dotar a la vida de una mayor plenitud, a las personas que los elementos doctrinales de las tradiciones pueden dificultarles el acceso por falta de comprensión o incluso prejuicio cultural. Pero difería que para ello haya que quitarle el valor a las formas, ritos, símbolos religiosos, que finalmente forman parte de ese último elemento que abraza los senderos, ya sean óctuples o trinitarios, que es la atmósfera que el símbolo y el rito como especialidad simbólica produce, una atmósfera o ambiente externo que repercute directamente en el ambiente interno.

Quizá es difícil para el hombre profano, el que decide quedarse delante del templo de las confesiones religiosas, sin entrar en sus estructuras doctrinales, sapienciales entender que el hombre espiritual tiene en “lo formal su oratorio, el soporte de su recuerdo y el alimento de su exilio. Que lo formal, es decir; el Libro, la liturgia, el rito, los ciclos anuales y sagrados, la Tradición, las oraciones canónicas transpersonales, la oración interiorizante personal, los objetos sagrados, el templo, el icono, etc. Son receptáculos para la realización del misterio, son la máscara con que el hombre contornea su inmanencia abismal, son puentes lanzados desde el cielo para que ascendamos hacia ese Reino que se extiende más allá de cualquier forma. Son por lo tanto inagotables, fecundos, interminables en su recorrido, inmensos en su extensión intelectual, nunca están cerrados al sentido, sino abiertos a sentidos que ocultan otros sentidos, su lectura no solo garantizan la salvación sino que son la base para cualquier liberación.” Como dice mi amigo Dionisio Romero.

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Así que mientras escuchaba a Dokusho presentar la atención Plena fuera del marco religioso del Budismos seguía pensando que la salvación y la liberación no pueden producirse en sus máximas expresiones de “más allá del más allá hasta la consumación última” sin ese soporte formal que las confesiones religiosas han producido durante siglos de actualización del mensaje revelado. Y aunque los ocho elementos del Noble Sendero sean explicitados como esta Escuela ha decido hacerlo, traduciéndolos al común de los mortales como “prácticas coadyuvantes”, que como bromeaba Dokusho parece más científico y galano, no es necesario quitarle ni un ápice de su valor a lo confesional por el hecho de que la compasión hacia el sufrimiento inmenso en el que vive lo humano no realizado nos obligue a bajar a la Plaza del Mercado y adecuar nuestros lenguajes.

Que no nos quiten los que buscan más plenitud en la dimensión horizontal de la vida, la belleza profunda de la plenitud vertical, que implica la muerte de una identidad egoica y separada que aborrece la muerte, y un sentido de la belleza en las formas y en las atmósferas con las que ha de vestirse para hacer estallar poéticas como la de la majestuosidad de la humildad que acontece en la postración, la que recorre todas las tradiciones como un símbolo de la objetividad de que no somos nada ante el Misterio de la Budeidad.

La segunda sesión de la tarde fue una bendición, la mente del principiante vino a mi rescate pues hacia tantos años que no contaba respiraciones que me pareció prudente no ponerme a juzgar la conveniencia o no regresar a esa práctica cuando los últimos doce años de mi vida usaban otras pedagogías de concentración de la atención, que yo consideraba más elevadas o más adecuadas para el grado de disipación del hombre contemporáneo. Así que con todo mi corazón, inteligencia y voluntad me apliqué a la tarea para ver que me traía la noticia de este retorno a mi primera infancia.

La teoría de la mañana empezó a ser recordada en cuanto me senté e inicié la primera respiración, recordé que uno de los sentido de sati, para algunos autores es la remembranza de la enseñanza, del dharma, y saboreaba con gozo de comprensión la clave que Dokusho había dado sobre la atención plena como un foco que ilumina los tres tiempos ficticios del pasado presente y futuro, y que la atención plena podía enfocar cada uno esos tres tiempos, aunque en realidad esa distinción era conceptual, porque instante tras instante lo que se desenvolvía ante la atención era un trenzado de tiempos indistinguibles, pues las hebras de uno y otro eran como el trazado de un continuum sin bordes ni fronteras y lo único fijo o motor inmóvil de ese permanente fluir fuera la conciencia como útero, que acoge los hijos de los tiempos.

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La técnica consistía en contar respiraciones para aprender a enfocar en la respiración en el cuerpo. Mi cuerpo empezó a respirar y al final de la espiración se anotaba mentalmente uno, y después dos, hasta cinco, pero lo importante no era el número, la nota de pie de página del libro de la respiración que estaba escribiendo estrofas de expansiones y relajaciones en el tórax, en el abdomen, en todo el cuerpo que respiraba, con respiraciones profundas o con respiraciones cortas sino ese texto hecho de sensaciones que hablaban de nuestras restricciones en el diafragma, de nuestra avaricia de aire, de nuestra incapacidad de soltar el que ya no necesitábamos por miedo a quedarnos sin…. la vida, de la impermanencia de ese batir de olas, cambiante, interdependiente…

Bucear con la escafandra de la percepción pura en la siguiente ola de la expiración y ver como soltaba en la playa apacible de la apnea, del espacio de silencio respiratorio lo que sobraba y mentalmente volver a numerar, no perder el hilo que iba cosiendo las perlas, la atención. Cuando se acababa de realizar la quinta respiración, uno contabilizaba que llevaba un ramillete de cinco respiraciones. Aquí es donde empezaba el trenzado de la atención plena con los tres tiempos, la prospección de la atención plena al pasado tenía que recordar a cada momento que llevaba ya un ramo de cinco flores y que las nuevas cinco respiraciones supondrían un segundo ramillete, que solo sabríamos que era el segundo si nuestra atención estaba atenta al pasado de que ya llevábamos uno, y a la vez la atención se desplegaba en el presente de cada elevación y cada descanso del cuerpo, contando cada una en el presente que acontecía, mientras no se perdía la prospección del futuro al que se dirigía la práctica.

Era una experimentación de la teoría que me fascinó tanto que no perdí ni una sola expiración y me alcé con un ramillete de tres ramos que casi envanece a mi ego, al que le recordé que el fuego de sesentaiseis personas meditando tenían el mérito de mi concentración, el fuego que encendimos entre todos era evidente por su luz y su calor. Entré en una interiorización tal que casi no puede soltar palabra en la cena, en el que teníamos ya permiso para hablar.

El alba volvió a desplegar la luz serena en el ambiente y esta vez corrí, antes de la meditación, para tocarle la flauta al amado maestro, Buda seguía allí, rodeado de pinos altos y pequeños y su presencia era tan viva que toqué para él como único espectador, más algún pajarillo que andaba escuchando, que eso también se siente cuando eres de naturaleza silvestre. Toqué cada nota como si fuera única perdiéndome en su sentido, en sus graves, en sus agudos, en su trinar de pájaro o en su imitación del viento, viendo como la posición de los pies, la fuerza de los cuadriceps proyectaba el sonido con más o menos intensidad, toqué hasta que alguien llegó y me dio pudor enseñar tanta desnudez y  amor sonoro.

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Después de nuevo meditar, atestiguar que la mente del principiante es de las actitudes más difíciles de mantener, el asombro de la primera vez se pierde tras el primer beso, y el beso amoroso del aire tenía lapsus en los que no era atendido, y caer en el olvido lavó mi orgullo del día anterior, en la santa humildad de comprender que jiriki -el poder de uno- está intimamente unido al -poder del Otro-, tariki, la gracia, y que la gracia acontece o no acontece y eso forma parte del misterio.

Después de comer solo quería volver a la roca a dormitar la comida al aire y al cielo, a la roca y la pinada, pero había alguien así que caminé más allá, más adentro, lo suficientemente lejos para no molestar con mi flauta. Le toqué esta vez a la amada Luz Serena las notas de mi nueva vida, mientras descansaba la espalda directamente sobre la tierra y el cielo hacia de manta. Ella me devolvió un poema que salió inspirado como una flecha que no pude detener, pues traducía literalmente la experiencia; tuve que memorizarlo pues no llevaba lapicero para guardarlo:

Luz serena, luz bendita

Que iluminas las sendas de lo intangible

esas en las que el azul límpido del cielo

Estalla apertura sobre el pecho expandido

Ese que al contemplar la belleza de la inmensidad se dilata y acoge.

 

Luz serena, luz bendita

Que traduces los mensajes del viento

En las hoces viejas del Cabriel

Que arrullando van quejíos sobre las copas

cimbreándolas en éxtasis de roces y amoríos

 

Cópulas cotidianas entre el Cielo y la Tierra

a lomos del espíritu impetuoso

Que no cesa, que no calla

En un pródigo verbo de aire

que preña más allá de los oídos

 

Luz Serena, luz bendita

Que enciendes el fuego de la gratitud

en el corazón que se vacía de sí

poco a poco

A golpe de cincel de un elocuente silencio.

Quise leerlo en la despedida del primer módulo, pero me dio pudor y me quedé recolectando las palabras de mi pequeña nacida nueva familia, que hablaban de la experiencia, y todas apuntaban a una misma emoción que es virtud: gratitud, gratitud, gratitud. Mientras los ojos rasgados de Dokusho cosechaban los frutos de una vida al servicio.

En Gasho

Texto: Beatriz Calvo Villoria
Imágenes: Víctor Gibello Bravo

Crónicas desde la Luz Serena. El segundo Fundamento de la atención

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El ardor de la primera vez, había menguado claramente, había besado en los labios de la belleza de su Luz con toda la pasión de mi alma enamorada, después de años sin verla, ese pedazo de carne trémula hecha de bosque de pinos y piel seca de mediterráneo interior había exacerbado mis sentidos, mis recuerdos y se lo había dado todo (o eso creía esa “velosidad” de la mente que impide la mente de principiante.) Acudía, pues, menos vibrante, menos caballo de fuego, que este aries impetuoso imprime al carácter, que las estrellas dibujaron en el cielo el día que nací a la vida, delimitando unos carriles que son tendencia.

La llegada de noche nos sorprendió con una pulsión de estrellas que hacían profundamente bella la oscuridad que las envolvía, o en la que escenificaban sus fulgores tililantes. La cena, un baño de multitud y reencuentro, la sopa exquisita, reconfortante, casi se adivinaban las inspiraciones y las expiraciones de los cocineros ofreciendo su atención y su amor a la tarea de sus manos.

2_2Foto: Víctor Gibello Bravo

La mañana se levantó congelada, la noche le había vestido de un frío persistente y penetrante que dialogaba con la misma médula de los huesos, y conversando con la intensidad de sus mordidas en el rostro caminé presurosa a presentar mis respetos al Buda del bosque. Al verle tan sereno recordaba -y al recordar comprendía, y al comprender participaba pobremente de la esencia del objeto- lo que acababa de leer sobre la estatuaria budista: esa donación de su imagen serena era símbolo y soporte generoso para la contemplación de unas verdades que permitían descansar de ese egocentrismo enfermizo, el que te hace sentir perpetuamente amenazado e insatisfecho e intuir, que más allá de la cárcel de la aflicción construida con los barrotes de la ignorancia, la sonrisa de un hombre despierto derramaba bondad amorosa preñando la mirada de quien se dejase fecundar.

La sonrisa del Buda iluminaba el bosque de pinos, que andaba, por cierto, con heridas recientes de una intervención humana basada en la tecnocracia y la burocracia. El rastro del Átila que había cortado arbóreos ejemplares vetustos de Luz Serena no destacaba más que la belleza de los que habían quedado en pie. Los restos de la batalla andaban desperdigados por todas partes, pinocha herida de muerte descansaba ahora como una alfombra que cubría suavemente la tierra por todas partes; rasgaduras por las que asomaba la savia de la maleza compartían espacio con el ascenso de la luz en la mañana. Todo era perfecto.

2_3Foto: Beatriz Calvo

La primera sesión de meditación, una bendición. Estábamos calentando motores, fijando la práctica de todo un mes, donde el primer fundamento o soporte de la atención que indicaba el Satipaṭṭhāna Sutta: el cuerpo, había sido merodeado y acechado gracias a la comprensión previa de que había una noble verdad encerrada en esa contemplación del cuerpo respirando. Acecho que habíamos sido capaces de sostener, en medio de un mundo de prisas y de agendas inhumanas, gracias a que nuestra intención tenía un mínimo de visión. Habíamos empezado a desgranar sus secretos gracias a un recto esfuerzo, que nos permitía persistir -en medio de una “loca de la casa” ruidosa y casquibana, tremendamente ávida e inquieta- en nuestra recolección de la atención, volviendo una y otra vez al cuerpo que respira, gracias a una atención plena que estábamos entrenando desde la base: la respiración en el cuerpo que anda, se sienta, camina y descansa.

Las prácticas coadyuvantes con las que Dokushô había adjetivado los ocho elementos del ¨Noble Óctuple Sendero” se revelaban imprescindibles para el compromiso adquirido y las más abstractas, pero que dan concreción en forma de frutos serían las relacionadas con una vida virtuosa; donde la palabra recta, la conducta correcta y el modo de vida correcto serían causa y consecuencia para poder realizar el método que estábamos aprendiendo y aprehender su sabiduría en una atmósfera propicia y adecuada a su naturaleza.

La sesión teórica para una mujer que ama los andamios que la palabra construye para el intelecto, hecho de razón, memoria, imaginación e intuición fue una vez más deliciosa. El gozo que produce la comprensión es muy íntimo y muy secreto y tener a un maestro que ha dedicado toda la vida a estudiar y practicar las verdades del Budismo haciendo un ejercicio de simplificación para dar acceso a todos los desheredados del tesoro de la atención plena era una oportunidad, que no quería desaprovechar, así que no perdía detalle, mientras sus manos se movían entrecosiendo gestos con los haces de la luz preciosa, que entraba sin cortapisas por las ventanas.

La profundidad de campo de la atención había sido un regalo del  módulo anterior, y el juguete, la lilla –los juegos íntimos de Dios- que permitía desde un eje claro, un centro, crear mundos, que se hacían cada vez más infinitos -como la cruz que se extiende en todas las dimensiones- me parecía una perla que me dedicaba a explorar cada vez que recordaba la enseñanza recibida, pues Sati –recuerdo, atención plena- es también la remembranza del dharma para poder ser usado en el despertar.

Así que me adiestraba en que mi objeto primario eran los contenidos doctrinales que Dokusho iba desgranando con palabras japonesas tan atractivas como shoken  -observación luminosa- o kakusoku -volver a la raíz-, que son vocablos que abrían con sutileza la cortina que separa esta Escuela de Atención plena aconfesional del escenario más real, en la que se construye esta obra en el mundo, un monasterio Zen con un compromiso total hacia una tradición del despertar.

2_4Foto: Dokushô Villalba

Pero mientras asimilaba los contenidos, el color de sus ropajes, la sensación de estar acompañada por 60 personas, los pinos en el tercer plano iban inundando el campo de conciencia y haciéndolo cada vez más rico, más pleno, percibiendo como la atención es también como decía Dokushô una fuente infinita de energía vital si está enfocada, concentrada y para ello la condición sine qua non es la renuncia al torbellino de estímulos dispersos que amenaza a cada instante nuestra observación serena de lo que acontece en realidad y tener un punto, un ancla y una orientación, la que da el dharma, la que Dokushô estaba ofreciendo.

Tener un centro, volver a casa,  las metáforas, las analogías, los dedos que apuntan a la luna son infinitos, y en la sesión apareció la doma del buey como respuesta a la dificultad de concentrar la atención en el primer fundamento de la atención del cuerpo respirado, ese buey salvaje y asilvestrado que es la mente y que sólo quiere hacer lo que le da la gana y que se doma a base de shoken, latigazos que le impiden quedarse fijado en nada, pues ha de estar flexible para atender lo que acontece en cada instante y no encarcelado en automatismos que fijan su atención sin plenitud (pues para que la atención sea plena ha de haber observación del fenómeno) en corrientes incesantes de pensamientos que te alejan cada vez más de la vida -ésa que mientras esperas que pase, está aconteciendo en el presente- impidiéndote darte cuenta, base de la libertad, porque es la que te permite elegir entre lo real y las ilusiones subjetivas que construyes para no disolverte en la vida, como la muñeca de sal ante el océano en el que anhela bañarse y se resiste.

Volver a la raíz decía Rûmî, “vuelve a la raíz de las raíces que es tu propia alma”, aunque en el contexto del budismo habría que precisar que es o no el alma una. Pero eso da para otra crónica.

En la sesión 2 Dokushô nos abrió el melón de las sensaciones, un melón que de tan jugoso que es, hay que recordar, mientras se le está abriendo y el aroma inunda el límbico de recuerdos, de goce infante, o el sabor te sumerge en una experiencia voluptuosa de la que no se quiere salir, el límite de las sensaciones como fuente de la felicidad que andamos buscando, pues las sensaciones son impermanentes; por extasiantes que sean desaparecerán a la vuelta del la esquina del tiempo, y si se perpetuasen harían de un banquete continuo una pesadilla. Y recordar que la actitud es la de la mano abierta que deja llegar y deja marchar, sin apegos y sin rechazos, pues en el mundo de las sensaciones no todos son melones, hay hiel amarga, que también embadurna la mano abierta de sensaciones desagradables y sólo la virtud excelsa de la ecuanimidad hará posible el dulce equilibrio entre esa tendencia humana de apegarse tanto a la atracción como a la repulsión.

Así que Dokushô abrió las cinco ventanas de los sentidos exteriores a este cuerpo respirado durante un mes de atención plena y los participantes se vieron inundados de esa infancia olvidada, y las sensaciones corporales que eran los ladrillos con los que construíamos la experiencia y que habían quedado sepultadas por la pertenencia a una tribu, la occidental, que sólo camina con la cabeza explotaron como una premonición de primavera.

2_5Foto: Dokushô Villalba

Luz Serena se convirtió en aquel patio trasero de la casa de la abuela, en esa playa donde crecimos algunos y las gotas de agua de las olas reflejaban los cielos en una amalgama indistinguible. Se convirtió en ese patio del colegio donde le robamos la primera caricia a la mano de un amigo y nos sorprendió su dulce textura en la que desaparecimos. Se convirtió en un privilegiado laboratorio donde olfatear al viento como cervatillos en busca del olor de la madre y el velo de “la segunda vez” de mi reencuentro con Luz Serena estalló y volví a encontrarme con mi amada, como la prístina primera vez y ¡voto a bríos!, que nunca tuve entre mis brazos el palpitar de un pecho como el de la bendita creación en la que navegamos. Pero describamos el paso a paso de este clímax que otorga la mente de principiante.

Primero la sabiduría. Hay que darle argumentos a la inteligencia para que practique con devoción y voluntad. Dokushô describió cada sentido como una ventana que da acceso a una esfera de realidad y que las sensaciones puras propias de la infancia eran poco a poco, en el proceso de culturización, sustituidas por las percepciones, que son procesamientos mentales y/o emocionales de lo sentido, procesos en los que aparecen las etiquetas de agradable, desagradable y neutro y las consecuentes emociones atracción/apego, rechazo/aversión e indiferencia que varían de una cultura a otra, pues el marisco es delicioso en España y deleznable en países musulmanes, por ejemplo.

La atención pura a las sensaciones durante el mes siguiente nos permitiría ralentizar el proceso de percepción elaborativo, que a la vez que nos permite construir el mundo nuestro de cada día lo limita y reduce, e incluso lo encarcela en representaciones mentales sesgadas, que dejan fuera una miríada infinita de matices interrelacionados, que darían hondura y mayor objetividad al objeto que se aproxima a las costas de nuestra vida. Y nos permitiría, incluso, recuperar las sensaciones puras de la infancia, aunque ese no fuese el objetivo de la práctica sino un delicioso efecto secundario. Pues el objetivo es despertar y detrás de estos dos fundamentos de la atención primeros se esconde la revelación paulatina de las dos Nobles Verdades del Buda, sufrimos pues la impermanencia de los fenómenos no nos permite anclarnos en el devenir que desearíamos quieto y seguro e ignoramos el punto inmóvil donde descansar de los opuestos de estas dualidad que es la vida manifestada.

La teoría daría para un libro así que hago crónica de las prácticas que nos permitieron empezar a encarnarla. Primero la práctica formal, en el dojo, para practicar el enfocar y el desenfocar a libertad en las distintas esferas de conciencia visual, auditiva, gustativa táctil y olfativa. Sentados en el cojín afinábamos todo lo que podíamos para reconocer los sabores de una boca sin alimento, era como asomarse a una sima negra en la que nos se veía nada, pero a fuerza de voluntad y persistencia de la atención, de pronto, como de la nada oscura emergía un sabor ácido y una decía eureka, ha nacido un mundo concentrado en un sabor.

2_6Foto: Dokushô Villalba

Los sonidos eran fáciles de identificar, no cesaban de aparecer, el tacto también, el olfato se resistía en la misma sima de la nada que oler, pero esa misma agudización del sentido para oler algo que llevarse a la boca de la conciencia hacía que de pronto emergiese un olor a incienso, a sudor, a comida en la lejanía que producía la alegría de un velo que se descorre para mostrar una belleza que hasta ese entonces no se sabía que quedaba oculta a los ojos.

Salimos en distintas ocasiones a la Luz Serena que andaba envalentonada de vientos fríos y trabajamos las sensaciones en la vida. El 80 % de los estímulos vienen por los ojos, los míos se abrieron de tal forma que reconocí la avidez del que vive recluido en una jungla de cemento, los modulé relajando la mirada, dejándola que saliese desde lo profundo a iluminar el mundo con su conciencia, pero serena, un acecho relajado permitiendo que el objeto cayese en mis redes retinosas, más que herirlo con mi flecha, dejarme penetrar por sus formas y colores y darle opción a la entrega.

2_7Foto: Dokushô Villalba

Salí pues de caza en ese vaciamiento que convierte el acecho en una dulce espera y en el deambular tuve encuentros con gotas de resina que reflejaban el cielo en su lagrimear a lo largo de un joven tronco recién podado y sangré con él, como sangran los árboles, sin aspavientos, acariciando su tronco de adolescente herido por los filos de los hombres y oliendo su resina embriagadora, que quedaba adherida entre los dedos, mientras la mano se iba confundiendo con la corteza o la corteza se enhebraba en la textura tierna de una palma que acaricia.

Detener el río estrepitoso del pensamiento y cerrar los ojos para ser sólo oídos y bucear en la lejanía en la que cabalga una campana, mientras el ondear de la bandera hace versos como haikus contundentes en las entrañas mismas que anhelan la noticia, la del espíritu que susurra buenas nuevas. Abrir los ojos de nuevo y ser bandera, cromatismo de colores amamantado por el viento. Tumbarse sobre la tierra roja del círculo para amar primero al padre cielo y sentir sólo sentir, que las nubes acarician con dulzura desde la infinitud del cielo el pecho descubierto, abrir aún más la mirada para que el cielo entero se volcase en la retina y volverse inmensidad donde las nubes acarician, ya desde dentro, los alvéolos que las respiran.

Volver a la niñez, en la intimidad de la presencia, sin importar los juicios de los adultos, perder paulatinamente las fronteras y girarse ahora hacia la tierra juntando pecho contra pecho, el de la Gran Madre Tierra y unificarse hasta tal punto con su epidermis, que acariciaba el rostro y las manos con una arenilla suave que retenía mineral el calor del astro rey, que un temblor como de gozo se abrió paso desde las entrañas, como si los dos úteros conectados permitiesen emerger el sabor profundo de una vieja tierra cargada de la gravedad de un viaje cómico alrededor del un sol lejano, en el cielo, y cercano, en el de un corazón humano palpitando ante el esplendor de la verdad, la belleza.

Las puertas de los sentidos habían sido abiertas con sus promesas de éxtasis y de aflicciones, bendita indagación en la textura de lo humano.

Que pueda contemplar tantas tierras como átomos en cada molécula, y en cada tierra un Buddha rodeado de Bodhisattvas generando las acciones iluminadas.

Que pueda ver en todos lados, en cada partícula de polvo, Buddhas infinitos del pasado, presente y futuro; tierras puras sin límites y eones sin fin.

Aspiración de Samantabhadra.

Texto: Beatriz Calvo Villoria

Crónica desde la Luz Serena. Morada tercera

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Fotografías: Dokushô Villalba

 

 

El módulo tres de la Formación de Monitores de Atención Plena de la AEP tuvo la intensidad propia del mundo emocional, el tercer fundamento de la atención llegaba para inundarlo todo. Luz Serena lucía apagada, pues mi mirada venía cansada. Cuán cierto es que la mirada es la que ilumina el mundo y que la mente de principiante es titánico esfuerzo para vencer a la costumbre, que lo automatiza todo en una planicie sin brillos ni fulgores, en una extraña indiferencia que opaca la vida. Cuánta atención plena queda aún por entrenar para que ni un solo rayo de sol agazapado en el envés de una hoja se escape del asombro ante el milagro de lo vivo.

Empecé a entrenarla con la primera sesión de meditación, el frío era intenso y las sensaciones despertaban la muerte de mi neutralidad. Me despedí de la práctica de las sensaciones que durante un mes había iluminado las esferas sensitivas, que habían enseñado sus más hermosas galas cabalgando en la incipiente primavera y habían mostrado su transitoriedad de flores ante una atención plena que finalmente saca sus conclusiones de la mano de una visión, que de pronto, como con el fulgor de un haiku, nos escribe en lo existencial que somos: que todo pasa, agradable, desagradable, neutro y que sólo queda el testigo luminoso que todo sabe sin saber sabiendo. Que no hay atardecer que resista un anochecer, ni una noche se resista a un amanecer y que su placer por intenso que sea es efímero e impide construir la morada de nuestros sueños en los cimientos de sus arenas movedizas.

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La primera sesión despertó de nuevo esa insaciabilidad de mi mente por conocer cartografías, mapas de regreso a casa. Dokushô, como siempre, un lujo sistematizador, aunque entre las palabras diseñadas para traducir el Zen a la laicidad aconfesional se adivinasen los contornos jugosos de los nombre japoneses; destellos lingüísticos de la doctrina que no se nombra en la escuela, pero que preña desde lo oculto cada palabra, su saber estar, cómodo en su mismidad de maestro “andalujaponés”, si se me permite expresar así su cara de Deshimaru de ojos rasgados, mentón profundo, piel de aceituna y desparpajo del sur.

Lo primero, las fuentes, la raíz el Satipatthana Sutta con su pedagogía repetitiva -como el agua que horada la ruda roca de la ignorancia- fijaba la ruta a seguir para practicar la observación de los estados emocionales. Llegábamos a la siguiente fase de esta escalada a la montaña de la Clara Luz habiendo estabilizado la atención gracias a la fusión cognitiva con el cuerpo que respira; gracias también a la claridad incrementada de atender el mundo más sutil de las sensaciones. Tocaba ahora enfocar sobre las escurridizas emociones, las olas que emergen como de la nada, pero que son hijas de sensaciones y pensamientos que acontecen y agitan el cuerpo y la mente, el alma toda, coloreando de rojo violento, azul que hiela, verde que esperanza, negro que oscurece, blanco que asombra, marrón que desagrada.

La profundidad de la atención empezaba a hacerse vasto territorio de lejanos horizontes. El cuerpo al fondo, como cadena de montañas; el viento respirado jugueteando entre sus tierras; las sensaciones como mariposas que cosquilleaban la superficie de la piel, o a veces aves en lontananza del cielo, como sonidos lejanos, aguas subterráneas, y ahora en primerísimo primer plano, bajo mirada microscopizada, el oleaje eterno del río emocional de la vida humana. De lo más concreto a las alturas de lo sutil, cada vez más sutil, hasta el punto de hacernos sentir la vulnerabilidad de quien deja el castillo del cuerpo, fortaleza de lo mío, para hacerse espacio sin fronteras, para hacerse “lo otro” que tanto se teme, tanto se anhela.

cronica3Los tres venenos que obscurecen la mente, que despiertan el oleaje emocional fueron presentados, distinguiendo la funcionalidad o no de la emoción, que en sí es lo que es, energía que modula nuestra supervivencia. Vimos su aspecto saludable o insano, respuesta adaptativa o inadaptada. Las pasiones serían las emociones disfuncionales que generan sufrimiento por exceso o por defecto de su carga energética. La rabia es un no contundente en su justo equilibrio, es un enseñar los dientes; en exceso es fuego que lo devora todo, en defecto es un querer y no puedo.

Como una hidra de mil cabezas las emociones aflictivas se encadenan en surgimientos y desapariciones continuas hasta que la filosidad lúcida de la atención plena no identifique los cabos del anudamiento y coloque cada cosa en su lugar de procedencia e invite a la emoción de la ecuanimidad que medie entre los polos de la atracción y repulsión, que nos hacen agitar la vida. Que detienen el flujo del río de la vida en peñas emocionales y cognitivas que impiden el discurrir manso de quien se sabe océano. El océano de los estados inconmensurables: Amor benevolente, Amor compasivo, Alegría del bien ajeno, y la Santa ecuanimidad.

cronica4Allí nos estaba queriendo dirigir Dokushô, primero con la luz de la palabra, ahora con la práctica de observar las emociones en las emociones, pues en cuanto acontecen son parte de un todo que las integra y que hay que trasmutar, sacar sus nutrientes, pues son energía incolora coloreada temporalmente. Hay que alimentar la vida con la plenitud vivida y consciente de la tristeza que ordena, la rabia que coloca, la alegría que expande, el miedo que previene, el asombro que rejuvenece, el asco que protege. Metabolizarlas a la par que regulamos su intensidad polarizada, para llevarlas al remanso de una totalidad que trasciende cualquier polo, cualquier dualidad antagónica y no integradora, donde la tristeza es tristeza, como la lluvia de otoño es lluvia que empapa y nutre y la alegría es sol de mediodía en primavera, simplemente.

Pertrechados de la equilibrada ecuanimidad y con la concentración afinada como laser empezamos a mirar las emociones primarias, esas que surgen de un rayo de luz dorado que atravesando el dojo hiere de belleza la pupila y la dicha estética inunda el rostro abriéndolo en una explosión de sensaciones chispeantes. Y tomar nota como ante esa emoción primaria una secundaria de apego puede acontecer y queriendo fijar el rayo de luz y la dicha, esa emoción secundaria empieza a generar aflicción, ante el miedo a perder la dicha de la belleza.

Es ahí cuando la ecuanimidad neutraliza con su sabiduría, enseñando que es más sano tener la mano abierta, pues no aferra y deja entrar todos los granos de la arena de la vida, enseñando desde su atalaya, donde las frías cumbres permiten visión panorámica, que cambia el rayo de sol súbitamente por un pinchazo en la escápula derecha, produciendo dolor desagradable y una segunda emoción de rechazo surge como una flecha de nuestro sistema defensivo llamado yo y aumenta la herida de la primera flecha, con un aflictivo rechazo a la realidad que acontece en un discurrir cíclico de luces y sombras;  anudándose a la primera y  cosiéndola de un no querer, produciendo una nueva emoción, más sofisticada, una moción, un movimiento de la conciencia que pierde su paz para identificarse con una imagen distorsionada, por incompleta, que se separa de la realidad total para rumiar su parcial versión, desde el valle desde el que se pierde altura.

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Detener las emociones secundarias aceptándolas, sin alimentarlas, para poder concentrar la atención en la carga energética que como una flecha se dispara y hace diana en una parte concreta del cuerpo. Abrazarla entera respirándola con amor que busca unirse sin miedo a ser herido. Abrásame el alma densa tristeza, que quiero conocer los contornos de tu melodía y ven de viaje, que con mi espiración te saco de tus confines corpóreos delimitados, que concentran y bloquean el suave fluir de la existencia no reactiva y te hago alimento, nutriente, como la sangre lleva el mensaje del aliento, yo te llevo cabalgando en el aliento a que puebles de tu música a todo mi cuerpo. Te ecualizo y suelto tus garras de mis pulmones, ven muñeca de sal hacia el mar mediterráneo de mi cuerpo, seguirás siendo sal, pero tu soltarte de tu aferramiento te hará oceánica, pues te llevo más allá de mi individualidad, que vive a solas el milagro de los colores con los que la vida se reviste. Ven que te hago corriente oceánica para que sepas de la universalidad de tus aflicciones y de tus goces. Ven más allá de ti hacia el otro y lo Otro que desde la eternidad te espera. Ven derrámate en el cuerpo que se abre a tu aroma, para desde ahí derramarse él en el cuerpo cósmico que vibra por tu gesta de conciencia sin frontera.

La tarde fue la cama donde Dokushô nos propuso acostarnos con la autocompasión. De los cuatro estados inconmensurables, que son un ecosistema que se retroalimenta y equilibra, los hombres rotos debemos empezar por amarnos y  cuidarnos compasivamente cuando sufrimos las mordidas de las pasiones. Venimos tan heridos por el propio hecho de existir y ser separados del núcleo de nuestra primordialidad sin tacha, pura y bondadosa, que las capas que ha construido la autoimagen fortaleza para no sentir continuamente la separación se han hecho de hielo solido y nos estamos muriendo de frío. Para poder amar benevolentemente, compadecernos del sufrimiento ajeno, alegrarnos de la felicidad de los hermanos y ser ecuánimes como sabios que saben de la vacuidad de todos los fenómenos hemos de descongelar las barreras, los barrotes de nuestro exilio carcelario y redimir todas las sombras agazapadas en el inconsciente desde la lucidez y calor de la conciencia. Atravesando capas de eones de aflicción hasta llegar a la corteza que nos separa del núcleo, una intensidad en el dolor del desgarro, que se convierte en el dragón que custodia la cueva del corazón, demasiado antiguo, demasiado grande, demasiada lava.

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La música solo necesitó tres acordes para sacarme la primera lágrima. Dokushô estuvo sublimemente humano, empezó teatralizando hasta que en el tono de su voz se adivinó la misma lágrima, el mismo dolor de toda la humanidad que encarna en el samsara. Cada frase era un tramo de camino recorrido hacia el interior del primer dolor, ¿dónde estás amor que me tienes vencida de tanta vida sin vivir en ti? ¿Dónde está tu bendito rostro en el que beber de tus labios mi sed milenaria de gozo y plenitud? ¿A dónde te escondiste amado que me dejaste con quejío durante toda una vida? ¿Cómo pretendes que alcance tu alcoba con tanta miseria, pobreza de espíritu? ¿Por qué esta sed salvaje que nunca se aplaca me quema los labios desde una memoria sin tiempo? Tanta carencia va a reventar  de avidez mis sendas, mis entrañas. Profunda insatisfacción que no se sacia, como asura de boca pequeña y estomago insondable. ¿Para cuándo tu abrazo y tu refugio? Lloré todo esto y mucho más, pero lo lloré bañada de orientación hacia la luz, como si la presencia de su ausencia que ha atormentado mi vida calmara tanto dolor vivido a solas y en silencio, su dulce amor compasivo me decía:

Mi amor ven, ven,

que a mi me cabe tu dolor, tu tristeza, tu abandono.

Mis brazos están abiertos por un corazón que comprende tu intensa aflicción

y mi conciencia se pone a tu disposición para iluminar el camino

que nos saque juntas de este laberinto

hacia la luz que tanto anhelas.

Siempre, siempre contigo,

como madre amantísima

padre presente

amante incondicional de todas tus miserias.

Ven, ven, vamos juntas

amada

más allá del más allá, hasta la  consumación última.

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El magma emocional del dojo era de una tangibilidad profunda, los sollozos de mis compañeros eran mis sollozos, adivinaba el mismo abandono existencial de la naturaleza prístina a la rueda que no cesa. Madres que no supieron mirarnos y nos miramos como nos vieron, padres ausentes que no protegieron los lindes de nuestra vulnerabilidad. Esposas y esposos de amores condicionados que traicionaron nuestros miedos. Hijos que no sacian. Esa plenitud siempre lejana. Y esa soledad ante la tumba que todos tememos. Me permití incluir la humanidad compartida de esta querida sangha humana y permití que el dolor de un mundo sirio, africano, galáctico atravesase mi piel, pues la calidez de la compasión calmaba la abrasiva soledad de la vida sin conciencia, por un rato, por un oasis de tiempo, mi corazón no era mío, era el corazón del Buddha y estaba extendido por toda la tierra, por toda la galaxia, que digo, por los diez mil mundos, y una ínfima gota de su néctar calmó el hondo quejío de amor, por un instante, por un breve oasis de tiempo.

Estaba borracha. Tardé en moverme mientras las lágrimas de dicha se confundían con las lágrimas de mi atestiguamiento, de mi separación, de mi exilio, de mi duro peregrinar en el vacío mundo de los fenómenos, y me cayó un abrazo del cielo, un abrazo dokushô que daba cuerpo a mi experiencia de amor compasivo. Subí hacia la montaña, hacia mi peña amada embriagada de amor compasivo, embriagada de permitirme sentir con todo el alma, con todo el cuerpo la herida óntica de mi separación del amado, que se había escenificado toda mi vida en las múltiples separaciones de mis amores mundanos. Embriagada a su vez de una luz cálida y amorosa, que es la acción que ejecuta dulce y firmemente la compasión mientras te permite ser herida abierta por la que manar, ya no la sangre del sufrimiento sino la luz del bálsamo liberador.

El atardecer le robaba las últimas intensidades a los colores que se iban serenando, aquietando; como aquietado estaba el viento que ya no clamaba diatribas exaltadas como en la mañana en la que aullaba apocalipsis sobre las copas sino que apenas susurraba. Aquietada me iba quedando yo ante su belleza desplegada. Mi mirada volvía a estar vivificada por una atención rebosante de plenitud. Subí a la peña de la mano de la prudencia, pues el atardecer estaba dejando el paso al misterio del anochecer y ya no se distinguía del todo cada paso. El Buddha escondido en un rellano mineral me recordaba su eterno mensaje, allí, sobre ese balcón prodigioso, el cielo extendió sus confines y ensanchó la pupila que ora se teñía de rojo amoratado, ora de un azul petróleo aperlado, que era como seda para los sentidos. La luna lucía mora y su simbolismo me recordaba el dolor del alma universal humana y una estrella que merecería llamarse Venus por la dulzura sensual de su luz le miraba desde el otro lado del cielo, como en diálogo amoroso de ángeles.

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Estaba suavemente dichosa, expandida, una muchedumbre de voces ventosas pareciesen en asamblea secreta sobre las copas de los pinos, como si supiesen de lo que sucede en otras sierras santas, por las buenas nuevas que el viento vehicula. La noche desdibujaba las formas, casi diría que las hacia estallar en una presencia de un no sé qué, que indudablemente era consciente como yo lo era de ella. La mirada se torno chamana y elevé sin poder reprimirlo, y sin quererlo, suponiendo que ya nadie andaría a esas horas sobre las lomas de la sierra, un aullido antiguo, como de loba, primigenio, inarticulado de conceptos. La noche y la luna serían mis  testigos de un amor aún no colmado, de una sabiduría aún no derramada, pero rondada con todo el ser, con el animal, con el  emocional, con el  espíritu.

Llamé una vez más a la puerta del cielo y el viento me acariciaba como respuesta y yo le intenté balbucear tres trinos de flauta, pero el silencio era demasiado hermoso y acallé cualquier mediación que no fuera la del alma y la herida por la que manaba. No cabía un ápice más de belleza, pero las campanas del templo rasgaron el silencio, emergieron de una nada sobrenaturalizada clamando como cuando las campanas llaman a muerto, solemnes, profundas, profundamente significativas, el módulo anterior se revestía en una experiencia sensorial cargada de evangelio, de poética, de promesa, morir antes de morir, para no morir cuando mueras. No cabían más mensajes. Agradecida.

El camino ya no se veía y el administrador del miedo, la prudencia me instó a bajarme de la peña antes de que me despeñase en una muerte prematura. Bajé a tientas y allí estaba Cintia, también la noche y el atardecer le habían llevado a la peña, pero respetó mi momento y no subió y me dejó la platea para cantarle a la luna, pero bajamos como amigas, amarradas de la cintura por compartir la dicha, la de la herida, la de la vida. A   l hacer la curva del descenso Luz Serena emergió como de un sueño, luces doradas palpitaban entre los ojos de los árboles y el tiempo se desvaneció de su historicidad, era el Medievo japonés lo que allí asaltaba la pupila, Avalón decía ella. No era capaz de entrar en el comedor estaba haíta de alimento, de viento, de luna, de noche y campana, pero a la vez me atraía poderosamente el magma afectivo que habíamos entrecosido entre todos, y quería alúmbrame a su vera, pero el comedor hervía de voces, y bien altas, que el español no sabe hablar quedo sino brioso, así que refugié los últimos retazos de silencio que le quedaba al alma por saborear en el dojo, que me seguía devolviendo la intemporalidad de una aldea rural, el Japón de Dogen.

Allí con una luz tenuemente deliciosa, a los pies del Buddha, que ya había domado los dragones de la Mara, escribí los primeros retazos de esta crónica, intentando atrapar el misterio de la conciencia que dibuja los mundos a cada instante y este episodio que había dibujado el abrazo cósmico de la sombra abrazada por la luz y que yo revisto de prosa y de poética para elevarlo como canto al cielo, para vestirme de lo que anhelo, mientras las montañas vuelven a ser montañas, y los pucheros son el dojo cotidiano donde entrenar en un perpetuo equilibrio la belleza de una mirada.

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Gracias Dôkushô, gracias Luz Serena, gracias don de la existencia.

Texto: Beatriz Calvo Villoria

Crónicas desde la Luz Serena. Cuarta morada

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“A la mente del principiante se le presentan muchas posibilidades; a la del experto, pocas”. Eso decía Shunryu Suzuki y resonaba fuertemente en mi mente mientras observaba como la llegada a Luz Serena se había desprendido del asombro que produjo volver a encontrarla la primera vez, después de años de ausencia mutua. Mi mente ordinaria empezaba a dar por sentado que Luz Serena ya me había sorprendido todo lo que tenía que sorprender, que los labios terrosos de sus paisajes ya no podrían conmover los míos, que acudían a su territorio de pino y viento desprovistos del deseo y del asombro de hacía ya cuatro meses, cuando mi primera llegada encendía cada átomo de célula de un fulgor de enamorada.

Apenas despertó mi mirada plana el olor a miel de las flores orquestadas en diminutas perlas entre las hojas de las acacias, su penetrante olor de dulzuras aromáticas no quebraba la patina de esa inercia a la mirada tibia de la vida, de un dar por hecho que aplana la existencia en notas anodinas. Constataba mientras me dirigía hacia el comedor, no sin cierto dolor, una pérdida de pureza, la que da la mente de principiante. Como dice Rumi ” Cada uno ve lo invisible, en proporción a la claridad de su Corazón”..  Mi mente estaba cerrada, opacada, como hacía tiempo no recordaba. Había perdido fulgor y eso aumentaba la inquietud por encontrarlo de nuevo.

Quizá el movimiento que mi sistema estaba recibiendo por un nuevo cambio en mi vida -la búsqueda de una nueva casa-, apenas estabilizada en la que recién me encontraba, o quizá la cantidad de trabajo necesario para mantenerse en una ciudad como Madrid, y que a veces dificultaba la vocación principal de mi vida, de parar y ser consciente del misterio. O quizá el agotamiento de los méritos, del fakr dirían los sufíes, de la pobreza necesaria para llamar a la puerta con honestidad se estaba agotando, pues no había sido renovada con mayor virtud, virilidad que dirían los antiguos. La humildad de saberse nada hacía tiempo que no asomaba sus aromas con suficiente presencia como para abajarme de las atalayas de mis preocupaciones existenciales y mundanas.

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Todo eso quizá dificultaba el vaciamiento de mi mente de demasiados contenidos mentales y ésta no se encontraba dispuesta a recibir pronta la llegada de la vida en su novedad continua, siempre única, siempre creando mundos a cada instante. Había demasiado yo construyendo su fortaleza de cierta seguridad en medio de un mundo que de nuevo se movía demasiado rápido para mis gustos personales. De nuevo la búsqueda de equilibrio en la cuerda floja, que enhebra el yin y el yang. El juego cósmico de la luz y la noche oscura me hacía presentir movimientos interiores que edificaban semana a semana, ante el susto de no tener nunca nada asegurado, salvo la muerte, paredes para cerrar los huecos por donde la luz cegadora de la impermanencia me advertía una vez más de mi intemperie en el juego del tiempo y el espacio -bendita eternidad anhelada-.

Velos que opacaban la posibilidad de apertura de la mente cuando se vacía de ese sí mismo que es pura ilusión autoconstruida. Ser un espejo puro para reflejar en una gota de rocío la poética brutal de un universo entero emergiendo. O ver como una brizna de hierba prueba metafísicamente el infinito, como otro poeta también dijera. O ser apertura y mirada para ver en el velo de la creación, una pantalla para la verdad, donde los secretos, de pronto, como fuentes brotan, como decía, de nuevo, otro de esos lectores de infinito que son los poetas.

Así que el módulo que se iniciaba era perfecto para desenmascarar esos ladrones de apertura, esos constructores del olvido. La atención a los contenidos mentales prometía ser una interesante medicina a las obras subterráneas que las preocupaciones cotidianas por la pérdida de seguridad a cada instante, por tener que hacer malabarismos en una dualidad agotadora estaban solidificando mi mirada. Las flores de Daishin, la monja de Luz Serena, refulgieron un poco en mi retina y el eco de las esencias hizo vibrar la membrana de la opacidad. Había un conjunto de flores azules cuyo tililar coloril era sin duda una alegría, pero no detuve el tiempo como otras veces y seguí reflexionando sobre lo que le pasaba a mi mirada.

Quizá también el trabajo del anterior módulo con las emociones había puesto a la luz demasiadas sombras aflictivas que pululan inconscientes. Nos recordaba Dokushô el koan de Kodo Sawaki “la oscuridad de la sombra del pino depende de la claridad de la luna” y nos desgranaba que a más luz de la clara luna de la atención, la sombra del pino -nuestros contenidos aflictivos-, es más vívida. El afinamiento de la atención plena se iba haciendo cada vez más sutil, más luna llena, luminosa, y muchos de los contenidos emocionales que están escondidos en el alma, y escritos en el fuego rojo y vino de la sangre y de la carne  habían sido enfocados persistentemente durante un mes, y eso quizá había producido cierta fatiga. Ver tantas pasiones invadiendo la mente humana y asentándose en el cuerpo, que es a la vez mapa y territorio de la mente, impidiendo ver la realidad en cuanto tal, realmente fatigaba. Acostumbrada como estaba a huir hacia Dios desde la práctica oratoria que enhebra mi vida espiritual, a oponer a los logismoi -condicionamientos mentales- sus medicinas complementarias, a la ira la paz, al miedo la confianza, este quedarme quieta y desidentificada era nueva tesitura.

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Es cierto que el Buddha coincide con los padres de la iglesia o los sufíes, por nombrar dos místicas teístas y señalar sus similitudes en el arte del combate de la ilusión, que ante tales pasiones debíamos ser como médicos que simplemente las observan con la mayor ecuanimidad, sin reaccionar, ni identificarse con ellas. Pero, también es cierto, que en las religiones teístas, el elemento de gracia sostiene al unísono la espada que corta las cabezas de la ilusoria hidra, y estaba más acostumbrada a huir hacia Dios, hacia la Clara luz como estrategia, dejando a los vanos discursos desarmados por la indiferencia, mientras aumentaba la concentración en lo que sí es, en vez de en lo que no es, que mantenerme impertérrita ante el emerger de dragones que envidian o celan de amargura el alma humana.

Y es cierto que también entreveía que esa verdad de la Clara Luz, en el Zen, el Tao, el Atman o el Dios de los abrahámicos, era un “soy siendo el que soy” en la parte más profunda e inaccesible para lo humano no deificado, iluminado y que ahí es donde estábamos todos intentando regresar, o recordar ser que somos eso como dice el Amritbindu Upanishad  “Eso en quien todos los seres residen y que reside en todos los seres, que es el dador de gracia a todos, El Alma Suprema del universo, el ser sin límites —yo soy eso.” Pero esta era una nueva manera de tejer el recuerdo o el camino y mi intención era explorarla, no sin cierta dificultad, para el bien de mis alumnos; motivación que continuamente ponía en primer plano ante los obscurecimientos discernidores que acontecían en mi mente cuando quería casar lo que en la forma parecen incompatibilidades exteriores de las distintas tradiciones y sus variadas pedagogías y buceaba en busca de la vinculación profunda y eterna de todas las formas de espíritu de la mano de autores como Fritjof Schuon.

Esa observación ecuánime de la que hablan las tradiciones y Dokushô traía a la Escuela en formato secular dicen que logra descomponer la pasión en sus diferentes elementos, los diferentes cabos de las distintas cuerdas que hacen el amarre, el nudo que impide el flujo de la vida y permite no perder la cabeza viendo el mal donde no existe, pues es tan irreal como una serpiente dibujada en la forma de una cuerda. Pero la santa ecuanimidad es un fruto de lenta elaboración, es lámina de oro tras lámina de oro hasta dibujar la imagen y semejanza real, así que muchas de esas enojosas pasiones habían estado mostrando todas sus inadecuaciones durante muchos momentos cotidianos a través de la práctica de las alertas emocionale y las tomas de conciencia, que consistía en instantáneos fogonazos de conciencia, los shoken de los que ya hablé en las otras crónicas, e iban aumentando cada vez más la vigilancia, ese estar alerta ante los impulsos que surgen del “continuo de consciencia” que se adhiere continuamente a emociones y pensamientos pasajeros y que impiden ver la realidad en cuanto tal y nublan la visión y atención del ser humano.

Quizá por esa falta de ecuanimidad estaba anegada de muchas cargas energéticas en las que se expresan somáticamente las emociones, coagulándose o concentrándose en zonas dianas del cuerpo y que no había podido transformar y metabolizar con la excelente meditación de la transformación que Dokushô nos había enseñado, y sus texturas estaban más a flor de piel, más iluminadas. Y la sensación de saber al territorio del cuerpo congelado en muchas de sus fascias me hacía más evidente el sufrimiento de ser un humano a medias, contracturado en distintas partes del alma y en su expresión somática, el cuerpo, que se convertía en una especie de mapa hecho de carne para explorar el territorio de una mente no adiestrada, profundamente identificada con sus interpretaciones sesgadas de la realidad, que le hacía congelarse, contracturarse para no sentir la dureza de una vida a oscuras, y que inevitablemente anudaba su expresión más matérica, un cuerpo anudado, cerrado, opacado que ahora hablaba alto y fuerte de cómo le dolía la vida. Puras consecuencias de adentrarse en el camino.

 

4_4Nadie dijo que el camino fuera fácil, que la exposición a lo que duele fuera una medicina dulce. Allí, aquí y ahora estaba el oleaje emocional mostrando sus contornos por una luz que estábamos adiestrando. Todo ello, supongo, había hecho que de alguna manera desapareciese el “chiquino” hueco que desde hacía muchos meses se había horadado en mi alma, por el que el viento del espíritu soplaba débiles melodías que reconfortaban este extraño viaje de regreso a casa. Nuevas capas de la cebolla de esta mátrix mental que encarcela al cuerpo se mostraban ante mi mirada.

Eso sí, había habido varias batallas ganadas como la de mi fobia a volar (después de una experiencia traumática en un viaje transoceánico) y había comprobado la alquimia de la aceptación, como una sustancia cálida que emanase de la posición que adoptaba la conciencia para acoger la realidad que acontece. Como una especie de abrazo a la emoción aflictiva y a su carga energética correspondiente, y como si en ese abrazar de circunferencia que abarca se destilase una sustancia con textura de soma, que penetrase dentro de la emoción y la fecundase de una trasmutación, un cambio sutil de composición.

Era como el huésped incomodo que en medio de la noche llega a esta casa de huéspedes que es el alma, y el no negarle refugio y recibirlo como un hijo pródigo que viniese a ser abrazado por la paternidad luminosa de la conciencia, que acepta su desviación o error de tiro a la hora de buscar la felicidad, le permitiese expandirse paulatinamente mientras la miel de la apertura lo fuera, por otro lado, alquimizando hasta transformarle, desde el amor, en un carga energética que se distribuye por el cuerpo ecualizada. Perdiendo así su contractividad, generalmente disparada como flecha en una parte del cuerpo. Y sentir como esa expansión y metabolización podía incluso saltarse los márgenes del cuerpo, sus fronteras y desembocar más allá, atravesando espacios, en mi caso, el avión y el cielo que nos sostenía. Hasta comprender lo que Dokushô nos explicaba de desembocar con los ríos emocionales, que la vida continuamente genera en su expresión, en el océano de los cuatro inconmensurables. La aceptación cuando llega, es muy parecida a la gracia porque convierte a la situación más intolerable en tolerable. He ahí su alquimia liberadora.

La mañana se presentó fría y fui infiel con el Budhha del bosque, el frío y mi tibieza me impidieron presentarle mis respetos como las otras veces y fui hacia el dojo sin cantarle con mi flauta y con mi espíritu una canción de alabanza. Empezamos el viaje. Dokushô dio de nuevo una clase  magistral, mientras ecuanimizaba un viaje de un mes por cuatro países sudamericanos, que se mostraban en su rostro. Los contenidos mentales fueron explicado desde la sabiduría budista sorprendiendo a muchos antes sentencias como que la ilusión es confundir nuestra interpretación de la realidad, los constructos mentales subjetivos, con la realidad en sí misma; lo que no significa que afuera haya una realidad objetiva distinta a la que nosotros representamos. O la exposición de una ausencia del yo, una carencia de sí mismo, el atman de los hindúes, el alma de los abrahámicos. El anatta del Budismo fue brevemente expuesto aunque Dokushô tuvo la gentileza de no imponerla como un principio que asumir ya que es un dogma explicado de maneras muy diversas dentro del propio budismo.

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Resumió la intención del módulo no como una adhesión a su explicación de anatta sino para aprender a relativizar nuestras construcciones mentales, que son representaciones subjetivas de una realidad que se nos escapa por incognoscible. El Tao que se nombra no es el verdadero Tao. Visiones relativas, parciales, subjetivas o intersubjetivas nacidas del consenso social. Teníamos “simplemente” que aprender a hacer  lo mismo que con las emociones aflictivas: desidentificarnos de ellas en cuanto fenómenos que aparecen en el campo de experiencia que somos. Dejar de ser lo que pienso, justo al revés de lo que decía Descartes, “pienso luego existo”, axioma filosófico, y por lo tanto meramente racional, que ha dado  lugar a un hiperracionalismo que ha sellado para el hombre occidental el acceso a una experiencia directa de lo real.

Vivimos la vida a través de las representaciones que nos hacemos de la realidad, y la arquitectura mental que construimos a cada instante en que la vida viene a interpelarnos tiene una clave de bóveda, una piedra angular que soporta todo el edificio, un pensamiento nuclear: la idea de un yo, separado, individualizado. Un concepto, una imagen mental, un mapa que trata de designar el ser real que somos, que escapa al raciocinio por su pluridimensionalidad y lo empobrece al encarcelarlo en un autorepresentación limitada, plana, con la que fatalmente nos identificamos. De tal forma que el  mapa –la imagen mental de nosotros mismos- se acaba convirtiendo en un territorio falso y desprovisto de profundidad y elevación, por el que deambulamos como fantasmas desconectados de la vida real, que acontece en otra dimensión del ser, cuyas cualidades son de seidad infinita, belleza, conciencia.

Así que la mente ordinaria, ruidosa limita la naturaleza vasta de la mente original en un proceso adictivo a un discurrir de pensamientos con el que adquirimos sensación de existir, de ser alguien. Y nosotros nos íbamos a dedicar durante un mes a observar esos contenidos mentales, los ladrillos de la construcción que nos limita y parcializa la visión de la totalidad, pero que afirma el falso yo en el que nos refugiamos. El reto era objetivizar esa subjetividad para paulatinamente en un proceso natural de deconstrucción de ese falso yo descubrir que lo que somos realmente está más allá de la autoimagen mental.

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Iniciamos la práctica y enseguida me percaté de lo poderosa que era la técnica. Primero asentamos mínimamente la concentración, el asiento de samatha o samadhi para tener persistencia en el enfoque de nuestra atención en el sutil mundo de los contenidos mentales, que exigen un enfoque firme y luminoso. Enseguida empezó un desfile de pensamientos a bastante velocidad, pero que podía observar uno por uno, cuando emergían y cuando desaparecían, gracias a que se ralentizaban un poco por el mismo hecho de ser observados. En mi primera sentada, solo acontecieron imágenes y algún pensamiento analítico, llevando cada uno su correspondiente emoción aflictiva, dichosa o indiferente. Había que ejercer una distancia, pues si no era fácil encontrarse pensando dentro del pensamiento, dejarse llevar por su narrativa, en vez de observar sus cualidades, de imagen, recuerdo, análisis, fantasía, etc. como desde fuera; a la par que algo de uno participaba en ellos, sacando conclusiones, darse cuentas de sus matices, sus significaciones …

Después de un rato en que misteriosamente, por la gracia del dojo y la sangha no me desvíe ni un segundo de la observación, apareció una conciencia cada vez más clara de lo que eran, de su naturaleza impermanente e interrelacionada. Una sensación despertaba una emoción que se articulaba en un pensamiento, o un pensamiento venia cosido a una emoción. Y una comprendía en ese proceso simultaneo de darse cuenta de la imagen observada que uno no era ese pensamiento, pues tal como emergía, desaparecía, o se transformaba en el siguiente, hasta llegar a formarse en mi caso un arroyo de montaña encañonado que empecé a observar como un fluir de fenómenos, a veces inconexos, a veces narrando un sentido por el curso que el río tomaba, más allá de las palabras, más allá de los pensamientos.

Había también que utilizar la ecuanimidad para no caer en el juicio de cuales eran buenos y cuales malos según mi sesgo cognitivo, y esa distancia entre los polos duales generaba el último movimiento de la meditación: la libertad interior de saberse libre de los barrotes, de los pensamientos condicionantes de una realidad que asomaba por los lindes de sus estrechos confines, hasta el punto que a mitad de la meditación los pensamientos dejaron de ser proyectados en la pantalla de mi frente y sentí que el espacio de la pantalla abarcaba de pronto el dojo entero, y las imágenes empezaron a salir de mi, y a ser generadas por un no sé qué que iba más allá de mi, pues ya no era el centro de proyección de la película ¿o sí?, pero mi centro de observación se había desplazado más allá de mi pequeño yo. En esto sonó la campana, que me tiene arrobado el oído, y tuve la primera experiencia de deconstrución del yo que Dokushô decía que podía acontecer de forma progresiva, y que puso en alerta a varios de los psicólogos clínicos de la sala, por el peligro que ello podía entrañar.

¡Cielos yo no esperaba encontrarla tan pronto! Yo estaba en la escuela para ser mejor profesora, no para  deconstruirme, pero cuando abrí los ojos tuve la extraña sensación de que Dokushô era un contenido mental que acontecía en un campo de experiencia que nos contenía a ambos, y al recorrer la sala tuve una pequeña sensación de irrealidad como de un sueño, como si todos mis compañeros eran también fenómenos mentales que iban surgiendo a medida que los observaba, como si fueran soñados desde no sé dónde. Se me planteó la duda de si tenía que observarlos como  los fenómenos que acaba de observar, con distancia y ecuanimidad, pero eso me dejaba tremendamente sola y extrañada. Un absurdo pensamiento vino a “salvarme”, a construir de nuevo la guarida de mi yo, de mi pequeña vasija -con perder la casa ya tengo bastante, perder el yo no me va a resultar operativo-, y aunque sabía por doctrina que perder toda sensación de mi era la puerta de escape a las mil ataduras, decidí que perderme por completo, morir antes de morir para no morir cuando muera quería realizarlo en el marco de mi propia tradición donde tenía las garantías de protección de mi linaje espiritual, así que con esta justificación o constructo mental solté el proceso y dibujé de nuevo las montañas, acepté, una vez más, quedarme en el umbral y escogí el espectáculo vacío de las formas, pues comprendí también, en el breve momento en que la montaña empezó a dejar de ser montaña, que no estaba preparada para la demanda de cualquier enseñanza verdadera: la muerte del ego. Por mucho que el mío alabará  la idea de que el olvido es lo que quiere, había de reconocer que llegado al borde nunca puedo dar el último paso. Demasiado pequeña para los abismos de la liberación y así estaba bien, eso es lo que era.

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Pero no acabaron aquí las sorpresas iluminadoras de una realidad que presionaba a mi psiquismo para estallar sus cárceles cognitivas ante una realidad inabarcable que nos llama en forma de anhelo poderoso, a la par que nos abisma la posibilidad de disolver nuestros constructos en ella y en la siguiente meditación de la tarde el viaje fue realmente conmovedor para mi sistema, como esas experiencias chamánicas donde la membrana que separa los mundos visibles de lo invisibles se hace trasparente y uno se asomase a una pluridimensionalidad desbordante que deja temblando al sistema ante tanto misterio. Supongo que mi pobre, pero comprometida práctica de doce años hace que mi sensibilidad a las herramientas espirituales, por muy secularizadas que estén, sea muy alta y en cuanto mi sistema detecta una oportunidad de comprender la realidad se lanza sin salvavidas, así que en cuanto la voz de Dokushô inició el ejercicio de comprender la interrelación  entre el cuerpo y sus sensaciones en determinadas zonas del cuerpo, las emociones asociadas a esa zona y, una vez detectadas, el contenido mental que emerge en una asociación de profundos significados y causalidades, la nitidez de esa interrelación de significados múltiples se hizo experiencia extremadamente vívida.

Empezamos con el rostro y lo que sentí allí fueron eones de sentirme amenazada, por la incertidumbre de este valle de lágrimas del samsara, la mandíbula tenía una histórico tan fuerte de contracción que el contenido mental que emergió fue un tiburón tan grande que ni Cameron podría haberlo dibujado con los efectos especiales de Avatar, era un escualo inmenso que surgía en tres dimensiones y amenazaba con devorarlo todo. Se movía de un lado a otro de un océano, que de nuevo salía de los contornos de mi pantalla mental particular y ocupaba todo el dojo; como esas películas en las que al ponerse las gafas el espacio se transforma y las imágenes vienen de todas partes. Continuamos con la garganta, la cual había enfermado desde que había llegado a vivir a la gran ciudad y la textura somática era de una tristeza que iba más allá de esa circunstancia. Era ontológica, la tristeza de saberse separado de un no se qué que se anhela en cada búsqueda de felicidad mundana, en cuanto Dokushô pidió ver que contenido mental emergía un ave blanca, entre cisne y gaviota, apareció envuelta en la turbulencia de un torbellino de agua lleno de burbujas, a cada cual más nítida, en las que se reflejan miríadas de mundos diminutos, que le impedía el ascenso que desesperadamente intentaba. La imagen era de una vividez tal, que el segundo grado de vichara o observación no analítica me mostró con conciencia clara todo lo que no había sido dicho en mi vida, y pareciese, por la envergadura de la tendencia que asomaba sin palabras, que tampoco había dicho en otras tantas vidas, una tendencia que entendía ahora sin pensamiento y que hizo que una lágrima con la textura de una perla que atesorase medicina en su duce deambular por la mejilla bañase compasivamente mi atestiguación.

Yo no era esa tristeza, me decía, ni esa ave, ni ese torbellino, era el observador que buscaba ecuanimidad ante el despliegue de la intensidad de ser vivo expresándose en texturas somáticas, imaginales, emocionales. Desde ahí todo cabía. Los hombros me mostraron la dureza que la vida va construyendo sobre ese soporte de trapecios. Una rigidez avanza desde hace meses convirtiendo mi hombro en una amalgama de tendones fijados a una tendinitis que los médicos no consiguen curar. La imagen que emergió fue de unas montañas como pintadas a lo sumi-e, pero sin esa luz de las pinturas japonesas, todas negras, amenazadoras, misteriosas, contundentes y pesadas, pero pronto se transformó en una imagen de la warner brothers cuando una monumental esfinge de una divinidad egipcia surgió de esa matriz de la mente y era arrastrada por miles de esclavos egipcios, entre los que yo me incluía, el hombro sobre el que la soga atravesaba mi carne era el mismo que me dolía en la realidad del dojo. Mi rostro se crispó y sentí que alguien vigilaba mi proceso, pues había tomado nota del  viaje que se estaba esculpiendo en mi rostro.

El pecho estalló en tristeza de nuevo y una segunda lágrima rodó por el otro lado de la mejilla, aquí la ecuanimidad se empezó a poner difícil. Las imágenes que surgieron venían como de otros mundos, formas amébicas que se adherían a mi zona cordial oprimiéndola, las sensaciones correlacionaban con las imágenes de una forma que me hicieron usar mi propia práctica espiritual, recé para protegerme de estas extrañas, fantasías, imaginaciones, ¿expresiones de mi propio sufrimiento psíquico? ¿expresiones de realidades que conviven con nosotros y no solemos percibir, como los sonidos de determinada frecuencia? ¿Quién lo sabe? o ¿Quién quiere saberlo? Yo no, y me repetía makio, makio, todo es ilusión salvo lo Real.

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El viaje continúo entre imágenes de dioses y diosas, fuegos sagrados, luces, esqueletos que emergían como en las narraciones del bardo todol; ancestros olvidados, ballenas oceánicas que sacudían con sus cimbreos de ola y gravedad la sensación de estancamiento que aprisionaba mis pies. Estaba conmovida, mi sistema energético temblaba por dentro y cuando Dokushô cerró el ejercicio diciendo que en el cuerpo estaba escrito toda la vida y las otras vidas, los ancestros, el trayecto por la existencia donde fuimos pez, ballena y dioses… fue la expresión de lo que acababa de vivir: todo está escrito de una forma arrolladora en las fascias, en los tendones, en los órganos diana, como decía Damasio y la medicina tradicional china. Estamos imbuidos en mundos dentro de mundos, en una infinitud desbordantes de manifestaciones que nos traspasan, interacciona, nos cabalgan, nos tocan e influencian; los unos a los otros en múltiples direcciones, multiversos, pero que gracias a Dios son integrados en una única totalidad que los contiene, los manifiesta.

Dokushô pidió si alguien quería comentar su experiencia y no me atreví a abrir la boca,  mientras algo temblaba en mi interior. Le pedí una conversación a solas. Mientras le narraba la experiencia, recordando en la medida que lo hacía la importancia de la articulación del lenguaje humano que nombra la experiencia para ordenar el mundo, aunque lo reduzca, pues para metabolizar lo vivido uno tiene que esculpirlo en la palabra que crea orden, pues  convivir con la comprensión de la pluridimesionalidad que acababa de experimentar me inquietaba, estaba todo tan interdependientemente entrelazado, compartir campo de experiencia con tantos seres, entidades me desasosegaba por la categorización de los que eran malos y los que eran buenos, símbolos imaginales de combate cósmico entre el bien y el mal. Vislumbrar la envergadura del tejido de la existencia era abrumador, sobre todo los planos de esas extrañas criaturas que no se cómo nombrar y los chamanes nombran como seres del nagual y la psicología tradicional nombran como representaciones de las pasiones más bajas del hombre, que son adentro y afuera, simetrías del estado de nuestra alma, nuestra psique, tendencias que recorren los estados múltiples del ser sedientos de codicia, lujuria, odio o ira y que las diversas tradiciones han simbolizado en todo tipo de imágenes. Criaturas que son y no son, relativamente reales, pues sólo la Totalidad, el Sobreser es.  Y es la única realidad, la metafísica, más allá de todos los constructos incluso de los Ishvara la que libera por la verdad de lo que las cosas son. Recordé lo que dice Schuon de que la idea del mal desde una punto de vista confesional es una interpretación parcial respecto a la perspectiva metafísica que hablaría más propiamente de una tendencia cósmica negativa, desde la comprensión de que este universo es dual, sería lo que los hindúes llaman tamas, una tendencia cósmica que solidifica la manifestación y tira de ella hacia abajo, alejándola del Principio-Origen, en el ámbito personal del alma humana sería el yo, mi mío. Eso eran lo que torpemente mi mente había proyectado como amebas, seres de otros mundos sedientos, seres de mi inconsciente o del inconsciente colectivo que como el rico Epulón querían agua de conciencia del Lazaro que mira ecuánime desde el cielo. No había que temerlos.

Quedamos en usar el siguiente zazen para bajar a tierra tantos vuelos imaginales, anclar las rodillas con firmeza y calmar el oleaje. Así lo hice y la ecuanimidad me permitió irme desapegando de la experiencia, a no hacerla más grande de lo que era, un oleaje surgido de la mente o de la gran mente. Sin necesidad de concluir nada de forma determinante, todo lo que la experiencia me había querido decir ya estaba dicho y escrito en una nueva página del libro del cuerpo, solo quedaba dejar que todo siguiese su curso coger el cuenco, servir la sopa, caminar 100 pasos hasta el dormitorio, dormir…

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El módulo quería enseñarnos que la medicina que libera es el carácter “neutro” de la ecuanimidad, más allá de la distinción del bien y del mal y el seguir caminando humildemente en ese aprender a ver objetivamente la propia forma psíquica subjetiva. Pues objetivar es la sanación de todos los contenidos que emergen, sean del propio mundo psíquico, sean del mundo psíquico colectivo, de ese interser que somos, que dibujan sus tendencias en el alma una compartida. La objetivación permite al hombre ver esas tendencias como algo que no es él mismo, y desde mi perspectiva yo añadiría que la psique es el ámbito de las acciones y reacciones indefinidas y por eso no se deja curar por medios psíquicos, es engañadora por naturaleza y solo se deja curar por algo que se encuentre “fuera” o “por encima” de ella: en mi caso el trasfondo inmutable y supraformal del espíritu. En el caso de la Escuela la conciencia clara, una conciencia plenamente consciente que ilumina y el cuarto módulo nos iniciaba en el camino de esa objetivación del sujeto a la búsqueda de una observación más brillante más pura.

Con estas crónicas simplemente trato de observar mis constructos, mis andamios para llegar al cielo del silencio, las olas de palabras por las que volver al océano de la que manan  y me pregunto como lo hacía el poeta “¿Cuál es este mar cuya ribera es la palabra? ¿Cuál es esta perla que encontramos en sus profundidades? El Ser es el océano, la palabra es la orilla. Las conchas son las letras, las perlas, el conocimiento del corazón. En cada ola, proyecta mil perlas reales de tradiciones, de palabras santas, de textos. A cada momento surgen millares de olas. Sin embargo, su agua no disminuye en una sola gota. El conocimiento nace en este mar. Lo que envuelve a sus perlas, son las letras y la voz”. Mahmud Shabestari, Golshân-e-Raz,

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Texto: Beatriz Calvo Villoria
Fotografías: Dokushô Villalba

Crónicas desde la Luz Serena. El vuelo del águila

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El verano se había instalado ya como rey absoluto de las sensaciones. El calor tórrido de la ciudad era un poderosa prueba para trabajarse la ecuanimidad, desapegarse de esa extraña sensación de que algo físico se derrite como lo hace el asfalto ante la rotundidad del sol de julio, pura justicia de un cambio climático, que cada vez era más evidente, incluso para los negacionistas. Viajé con una de las compañeras de la formación hacia Luz Serena y, una vez más, el viaje se convirtió en una oportunidad única para profundizar en lo humanos que somos, lo grandes y pequeños que todos somos. La grandeza por algo que nos trasciende y sobrepasa nuestro entendimiento y responde de las más variadas formas a nuestra llamada para encarnarla, probando nuestro discernimiento o nuestro engaño. Y lo pequeño por una irrisoria estructura egoica que pretende ponerle puertas al campo, al vasto campo de la conciencia.

Luz Serena volvió a aparecer después de esa curva que la resguarda y te avisa de que en la siguiente mirada el Templo mostrará sus puertas. Una curva pronunciada que te prepara para el primer beso visual, que después de estos seis meses seguía haciéndole cosquillas a mi alma, como si fuera el preludio de un apertura posible de la mirada que, por opacada que llegase, intuía o sabía, pues el alma puede recordar el futuro, que en algún lugar del recorrido temporal en los espacios de la Luz Serena, en la noche, o en el día, o en esos interludios cargados de poética cósmica, donde dicen que los brujos y los santos y los meditadores y los orantes se agazapan en sus posturas para atisbar la grieta entre los mundos. Interludios como cuando el sol le cede el firmamento a su esposa la luna y su cohorte de estrellas -agujeros en el vasto silencio de sus nupcias de noche, para que la luz del más allá inundé la pupila del que busca respuestas- O cuando la luna se recoge cada vez más pálida ante el fulgor de su amado consorte y se desaparece en su luz de la madrugada que la baña y disuelve por completo.

Intuía y esperaba intentando no esperar nada que a la mirada en algún lugar de su espacio desparramado entre  pinos y rocallas se le caería repentinamente o dulcemente algún velo que descorriera la imponente y a la par sencilla y cotidiana realidad para reconciliarme con el mundo de nuevo. Para descansar, aunque fuera por breves instantes, en el oasis y volver al desierto del egocentrismo con el sabor del agua viva refrescando mis ojos, que algún día, quizás, convirtiese en valle fértil todas las dunas de mi búsqueda. Mientras esa irrupción fertilizase algún día mis geografías a mí me tocaba seguir preparando las acequias, desatascando conductos, elaborando cimientos; sin espera de fruto, callada la expectativa de que la gracia pudiese acontecer un día, como acontece la lluvia, desde el cielo, sin pretender que este esfuerzo trajera más que cumplir con mi auténtica naturaleza, sin esperar nada a cambio, pues la gracia era eso, gratuidad pura. Una acción misericordiosa de lo alto, un don no solicitado ofrecido a los hombres con independencia de su propio esfuerzo.

Allí estaban las puertas, abiertas, invitadoras, con sus senderos de grava que resuenan únicos ante la presión de las ruedas, como pequeñas y multitudinarias percusiones minerales, anticipo de las variadas que acontecen en Luz Serena a lo largo del día. La llamada de la comida con su sabor netamente metálico, la ligera de madera al despertar; la seca y honda de la entrada al dojo, como la de un árbol que hubiera sido rey en algún bosque privilegiado del planeta y pasará su vejez llamando al recuerdo. Ritmos y percusiones ritualizados, vivificados por el espíritu de cada residente del templo, que nos invitaban a dejarlo todo, como dicen de ese zapatero santo de Bagdad que cuando oía al muecín soltaba las herramientas y se precipitaba como si el mundo hubiese desaparecido para poder encontrarse con su amado Señor, su Amigo.

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Sonaron las campanas de la primera llamada y ya ni soy capaz de recordar a que llamaban. El estado en el que el último módulo me había dejado, en el que había depositado mis esperanzas de cierta disolución de las estructuras de mi autocentramiento habían producido el efecto contrario, no por ellas mismas, supongo (eso tenía que investigarlo) sino porque su práctica había coincidido con la búsqueda de casa mientras vivía acampada con cuatro cosas en el salón de mi hermana y con ese calor inhumano que atonta los sentidos para no sentir que nos estamos friendo poco a poco. Durante las tres semanas que duró este módulo había constatado un efecto paradójico, totalmente inesperado, después de meses de atención en busca de más plenitud en la concentración y en la observación nunca había estado tan dispersa como en las dos últimas semanas. Fallos de atención garrafales que nunca había tenido en mi vida, como dejarme las ventanas abiertas del coche en el túnel de lavado me venían a acusar o de una vejez repentina o de un proceso que algunos maestros sufíes llaman cono la fase de los idiotas.

Vagaba por los calores de julio, por el asfalto ardiente de mi nuevo y urbano hogar con fallos de atención desconocidos para mí, y no podía negarlos, ahí estaban, avergonzando mi formación en Atención Plena, así que les abrí la puerta y me dediqué a observarlos, a perseguir a la atención, a ver a dónde iba cuando dejaba de atender a la vida, y dejaba la tarjeta de crédito en el mostrador de una farmacia, las llaves en la nevera. Pero sus recónditos escondites me impedían pillarla en su viaje a ninguna parte, al reino de las rumiaciones inconscientes, como si estuviera procesando algo que se me escapaba. Así que acepté esta nueva corona de los idiotas que decía aquel maestro y asumí esta nueva torpeza en el momento menos adecuado para aparecer y desbaratar las impecables estadísticas que el consejo científico estaba haciendo de los efectos del MBTB sobre el aumento de la atención plena. Siempre tiene que haber excepciones y a mi personaje, que le gusta brillar, le venía bien esta broma de mal gusto al final de nuestro recorrido. Pero fui incapaz de confesarme ante mis compañeros y ante Dokushô en la exposición de los obstáculos y beneficios, que se hacía al inicio de cada sesión. Por un lado por vergüenza,  porque ya hablo demasiado de mis procesos en las crónicas de este viaje, por otro lado no quería desacreditar el método con mi paradójico efecto de haber perdido toda la atención cosechada durante meses. A cambio conté un obstáculo que había tenido practicando la meditación de atención abierta.

Sentada en el cojín denso del sonido de las chicharras en plena casa de campo, bajo la copa achicharrada de un roble mediano, me senté a practicar la primera y dulce parte de esta meditación en la que la espiración se convierte en el suspiro simbólico de un dejarse ser en el espacio circundante, como un derramarse con cada bocanada de aire expulsada; como un soltar cada una de las  tensiones detectadas por ese sonar sofisticado que es la atención cuando está plena. Soltarse y fundirse en una operación alquímica, navegar en la ola del aire que expulsa los desechos y desembocar en el aliento compartido de todos aquellos árboles que de pronto empezamos como a  mirarnos mutuamente. El bosque, yo, la conciencia del yo que observaba cada árbol y cada espacio entre cada árbol. Empecé con el recurso físico de enfocarme en el vacío espacial entre los fenómenos, entre las hojas, entre cada árbol, pero sobre todo en ese espacio anchuroso donde no solo cabía ese bosque que abarcaba mi vista abierta sino el espacio que intuí, por resonancia, estaba abrazando en ese mismo instante todos los bosques, como decía Dogen “la pupila puede abarcar sólo dos o tres cosas a la vez, pero la conciencia kármica contempla centenares de asuntos” y allí acontecían muchos y variados.

La mirada se fue relajando lo suficiente como para poder ver cada árbol y el bosque al mismo tiempo y el espacio vacío entre ellos. Esa escena fenomenal empezó a sincronizarse con un espacio vacío en mi mente, un vacío por el que acontecía o se asomaba tímidamente la comprensión del campo unificado del que hablaba Dokushô. Todos los fenómenos que era capaz de abarcar sin pretender abarcarlos estaban realmente cosidos por una argamasa invisible, intangible, pero sensible a la conciencia. El vacío era el lienzo detrás del que cada árbol había caligrafiado el espacio como superponiendo su volumen, pero por momentos, cuando mi mirada se desenfocaba de la búsqueda de nitidez y se hacía como amplia y relajada el árbol pareciese que quisiese desaparecer de sus vestimentas más sólidas y mostrarme primero su intimidad de energía, hecha de un telar infinito unificado de átomos vibrantes, para desnudarse en la siguiente fracción de segundo y mostrarme que detrás de esa vestimenta, la ropa, ya interior, de una red de energía, había todavía una desnudez aún más arrebatadora para los sentidos: como una nada, porque nada podía decirse de ella para asirla. El lienzo siempre blanco, que de tan real que era atravesaba las formas para mostrar que era una extraña unidad con cada una de ellas, que eran inseparables, que acontecían al mismo tiempo como una unidad indiferenciada.

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Sentí como un chasquido, como cuando Dokushô nos hizo observar los esterogramas con el ojo mágico en el módulo anterior, que permitía ver profundidades ocultas para el ojo ordinario en una imagen, y la presencia de esa comprensión de multiniveles ocultos o insertos unos en otros empezó a enseñar sus galas y su verdad me sobrepasaba, así que, en cuanto la tensión de no poder acoger tanta apertura acontecía podía observar también como se cerraba la grieta por la que miraba que la forma es vacío, el vacío es forma y comprendí la enseñanza de Dokushô de que en este tipo de meditación no se puede pretender asir, conducir la experiencia. Es realmente un acto de entrega y de soltura del lado más femenino de la conciencia. Pura receptividad, de quien no quiere nada, pues todo es ya en su seno, sin tener que exteriorizar ningún movimiento, ser un plano inclinado que todo hace rodar hacia el centro.

Ese no hacer bendito estaba fuera de mis posibilidades y observaba como se cerraba la puerta del misterio recordando las palabras de  P. Evdokimov “No es el conocimiento lo que ilumina el Misterio, sino el misterio lo que ilumina el conocimiento. Conocemos gracias a lo que nunca conoceremos.” Así que con humildad me desapegué de un dulce para el que no tenía sistema digestivo. Confiando que si tenía que llegar el día en que el misterios se pronunciase con la rotundidad de su certeza no sería por ninguna operación mía, por mucha destreza en la tecnología de turno que estuviese utilizando, que había un umbral en el que la gracia acontecía y resolvía el puzlee; que el grano oculto brotaría y se haría fruto cuando correspondiese a una economía de lo divino que yo no alcanzaba. No tenía ninguna intención de violentar la puerta sagrada del corazón y menos con una práctica secular, que no me daba las garantías iniciáticas para habitar sin riesgo en estas latitudes de deconstrucción del yo.

Recordé las enseñanzas budistas de Marco Pallis, mientras el bosque volvió a ser bosque, que entroncaban con un aspecto de mi perspectiva de esperar sin esperar, pasiva, femenina ante la gracia,  como una última acción misericordiosa de lo alto, que descorriese el velo de la alcoba. La gracia como un don no solicitado, ofrecido a los hombres con independencia de su propio esfuerzo capaz de saltarse el designio inflexible de la ley de la causa y el efecto. Una sobrenaturaleza irrumpiendo en las leyes inexorables del universo manifestado. ¿Era eso posible? ¿Había espacio en el budismo, en las meditaciones que estaba desarrollando para ello? Para mí, en este punto al que siempre llegaba, en el que velo adquiría cierta trasparencia, pero me impedía el paso, confiaba más en eso que en mis propias fuerzas. Y no podía olvidar que yo estaba en Luz Serena por un extraño ardid del destino, que me forzaba continuamente a tender puente entre doctrinas, entre imágenes maravillosas de distintos colores de la Realidad Una, que traducían la luz incolora.

Puentes, cada vez más difíciles de ejecutar, entre métodos que estaban determinados por sus sabidurías correspondientes a ser aparentemente diferentes y que yo estaba practicando con un cuidado exquisito para no traicionar a ninguno, pero que iban adquiriendo a medida que se acercaban a la cumbre un aroma inconfundible por la concentración de su esencia y me dificultaba evitar una mezcla que nunca había querido que se produjese, para no caer en un sincretismo indiscriminado. Con esta formación el reto era mantener el equilibrio entre no cuestionar la singularidad de cada voz  y el atreverme al mismo tiempo a superar el dogmatismo, la cerrajón conceptual, pero sin producir un híbrido que genera interferencias posibles y lo que es peor que está imposibilitado para dar  fruto.

Mi alma buscaba conciliar cada día la perspectiva impersonal del budismo, que expresa la meta suprema como un estado de iluminación al que puede acceder hasta la última brizna de hierba, un estado buscado a través de la meditación con la perspectiva personal de las religiones teístas que concibe la meta suprema con el Nombre de Dios, una Persona con una serie de atributos metafísicos de infinitud y absolutez, con el que se puede dialogar, al que se puede nombrar, invocar para que una palabra suya sane y salve, aunque la perspectiva semítica no niegue a su vez la inclasificable esencia del sobre Ser, más allá de Ishvara, la deidad no calificable.

Ambos modos de expresión el personal y el impersonal y que el hinduismo concilia a la perfección empezaban a ser una dificultad para mi alma. Me venían una y otra vez las palabras de Fritjof Schuon “que la unidad de las formas religiosas debe realizarse de manera puramente interior y espiritual, sin traición a cualquiera de las formas particulares.” Y yo me sentía cada vez más en un berenjenal, en una pequeña traición a practicar por la mañana media hora de meditación en busca del vacío, después media hora de oración en busca de la presencia, ora en una pedagogía donde el Nombre de Dios era un objeto mental a desechar, ora otra en la que el Nombre de Dios era el Nombrado que ordenaba el mundo para poder habitar  el Reino.

Un estrechamiento del camino empezaba a angostarme. Las formas me señalaban su dominio, una forma ocupa su espacio y desocupa a cualquier otra forma, koan para el que desgraciadamente no tenía el alma realizada para trascender, aunque estaba perdidamente enamorada de todas esas formas, esos colores en lo que la luz blanca se reflectaba para iluminar el mundo de verdades, de olas que con un ímpetu inusitado rompen en las costas de lo humano para su Recuerdo y sobre las que se podía regresar cuando ellas en forma de corriente vuelven al océano que las impulso, por debajo del nivel de la propia ola, hacia lo profundo.

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Así que la  palabra «gracia» aparecía en mi campo de experiencia a cada paso ejecutado en esta meditaciones supuestamente aconfesionales, pero que habían sido diseñadas para el despertar, lo que me hacía ser prudente una y otra vez cuando la puerta sin puerta de la meditación se abría para mostrarme las bellezas de la amada sabiduría, y me tenía que retirar pudorosa de contemplar su desnudez total, que anhelaba amar desde el principio de los tiempos, pues mi ardiente sed se conformaba con una mirada fugaz que me arrobaba ya que no alcanzaba a quitarle el vestido. Sentía que la gracia correspondía a toda una dimensión de la experiencia espiritual que se halla presente en toda religión, aunque el neobudismo quisiese negar esa dimensión por un voluntarismo extremo del proceso de iluminación, pero en términos budistas ningún poder humano, por muy dilatado que sea, puede ser proporcionado a la esencia de la iluminación, de ahí la necesidad metafísica de una sobrenaturaleza. De una palanca trascendente que moviese la piedra del ego, el ladrillo imposible de pulir, sólo que la sabiduría budista no había dado a la idea de la gracia la misma forma que ha recibido en las doctrinas personalistas y teístas de procedencia semítica que ven la Gracias como el poder de atracción irresistible de la Verdad.

Esos eran los continuos puentes que mi alma debía crear, el Buda nunca habló del Más Allá, alrededor del que yo giraba como una polilla en la noche del más acá impermanente. Acaso levantó una flor y la hizo girar entre sus dedos haciendo silencio sobre la naturaleza de lo último. Un silencio de una elocuencia que no negaba a mi amado Dios, sólo que no lo nombraba, pues lo inexpresable no tiene nombre, aunque para los sufíes o los cristianos ortodoxos decir su Nombres es la miel que derrite el corazón endurecido. Pero el Buda y su silencio estaban derritiendo el mío y mi corazón intensamente devoto clamaba de amor por su sabiduría y clamaba de amor por Dios, tenía dos amantes que eran en lo profundo sólo uno, pero conciliar las visitas estaba siendo arduo, todavía no sabía cuánto…

Un Dharma universal encierra todos los Dharmas. Una luna se refleja en muchas aguas; Todas las lunas en el agua llegan de una luna…. El cuerpo del Dharma de todos los Budas ha entrado en mi propia naturaleza, Y mi naturaleza llega a ser una con el Tathagata. Un nivel contiene completamente todos los niveles; No es materia, mente ni actividad.”

Dokushô confirmó la experiencia que relaté y mencionó que esto que me había sucedido formaba parte del proceso, que el fenómeno y la esencia no tienen diferencia, que la maestría venía de asomarse a ese umbral que se abre y ver como se cierra por falta de estabilidad y seguir ensayando existencialmente el mantenerse abierto a la experiencia de la vacuidad.

Como apenas había podido disfrutar de las meditaciones del módulo cinco de atención abierta al campo unificado y al vacío poco más pude aportar. La mudanza se había llevado parte de la energía, el calor había robado otros galones de la pócima de energía de la que siempre había bebido y el climaterio o menopausia daba sus primeros pasos en las texturas de mi cuerpo capturando energía, poniendo patas arribas los procesos hasta ahora ordenados del baile misterioso de las hormonas femeninas.  Así, que salvo esta experiencia y un paseo por la naturaleza en la que el campo unificado mostró todas sus galas, poco podía aportar al grupo y a esta crónica.

Paseaba de nuevo por la casa de campo, el refugio que mi montaraz herida buscaba para olvidar que Madrid ruge de coches a cada instante. Estaba atardeciendo cuando  de nuevo una puerta que no tenía puerta me permitió fugazmente ver más allá de todas las partes a la vez, e intuir de refilón el tejido indisoluble entre forma y esencia, entre samsara y nirvana. Toda brizna de hierba agostada y cimbreada por la brisa del atardecer que se desplegaba antes mis ojos era como un fragmento de espíritu puro, refulgía más allá de ella, como perlas de un tesoro, como un espejo en el que se reflejase un único verso que se repitiese en la miríada de diversos tipos de hierbas.

Espigas delicadas y flores de cardo rosada bailaban ante mis ojos como espíritus de Dios, dialogando con mi receptividad a su belleza, como una invitación a entrar en la íntima morada donde lo ordinario es extraordinario, donde, como dice un amigo, “acontece un conocer renovado, la irrupción de un trama de ser más intensa y real que arropa al hombre y de la que este participa”. Fulgores de atardecer que se evanescían mientras estallaban en la pupila como mensajes del infinito y se hacían al mismo tiempo un pasado a cada ahora. Hierbas que eran la tierra misma expresándome su canto de planeta volando en la inmensidad del vacío cósmico. Y esa conciencia presente en todo, que se resistía a mi mirada, que intuía como fuente y que algo me impelía como a querer sorprenderla mientras ella contemplaba.

No se desde que extraña atalaya más allá del tiempo, más allá del espacio intentaba convertirla también a ella en sujeto de su contemplación, la conciencia consciente de sí misma, pero sólo alcanzaba a percibir mi cuerpo como si fuera otra cualquier hierba, confundida, entretejida con el pasto, con la tierra, las estrellas y los diez mil mundos que, aunque intuía, no podía abarcar por la cerradura de mi sistema a la Verdad y aun así, por esa estrecha cerradura algo me susurraba ser hija del instante y me incitaba a comprobar si la totalidad de la existencia se había posado en aquella brizna del camino de vuelta a casa. Expansión. Bendita tarde de chicharras.

Mis compañeros de viaje, tan queridos ya a estas altura del recorrido, habían experimentado cosas parecidas y Dokushô demostraba su sorpresa al constatar que experiencias de comprensión sobre la interdependencia de los fenómenos que costaban años a muchos meditadores zen avezados, en tan sólo unas semanas, personas que no tenían esa trayectoria eran capaces de incorporar el sabor del campo unificado de la experiencia o la transitoriedad o la intuición de que en  el fondo todos los fenómenos son iguales en espíritu, en su esencia. La Escuela siendo una propuesta secular pareciese que bebiese de una fuente atemporal. Este mindfulness basado en la Tradición budista bebía de una savia que nutría despertares. Mi creencia acerca de lo que es un camino recto o no tenía nuevas realidades que explorar.

Sabía que el espíritu sopla donde quiere, pero también sabía que eso era lo más excepcional, que lo normal era recorrer pacientemente el camino hacia el Corazón a través de una Vía probada, trasmitida maestro a discípulo. La trasmisión de una verdad intemporal que desde distintos sectores cósmicos de la manifestación de lo real se derramaba como agua lustral en cada época de oscurecimiento. Aun asombrándome como Dokushô de estos vislumbres sin necesidad de años de refinamiento de la conciencia creía seguir viendo la necesidad de un marco tradicional, de una traditio, una trasmisión de sabiduría, método y virtud, recta forma de vida, para que esas semillas de intuición prosperasen en realizaciones tangibles en la vida cotidiana, en forma de mayor nobleza, mayor cuerpo virtuoso, no como moral sino como eclosiones de la belleza de la verdad en el alma. Pero no podía negar que la savia de la tradición budista operaba en esta práctica secularizada no solo para calmar al alma, lo que sería un uso demasiado moderno de la meditación, calmar al ego en vez de deconstruirlo en su ilusión, sino que producía atisbos de la verdad vehiculada por el budismo.

Intentaba ver cómo eso era posible ya que la ortodoxia decía que eso era muy difícil sin un marco con todos los elementos, maestro, vía, visión…. Y pude observar, a lo largo de este módulo final, como la Escuela de Atención Plena estaba regada por esa savia que había pasado previamente por las venas de su creador, Dokushô, representaba para la Escuela, igual que para el Templo Luz Serena, un corazón fuerte latiendo la trasmisión de maestro a discípulo de una experiencia incomunicable que él había hecho florecer en una nueva arquitectura secular, aconfesional decía, pero que para mí era la confesión de toda una vida dedicada, con sus aciertos y sus desaciertos. La Escuela estaba revestida de muchas de las potencias que el zazen, el cojín, el sencillo trono de hierbas que el Buda pertrecho para sus seguidores, habían convertido en este monje maestro en actos de sabiduría, intuición  y ejecución en el plano de la materia.

Sus dotes de organización, cuando explicó el sistema ideado para desarrollar la Escuela, nos dejó a muchos apabullados. Su faceta organizativa se expresaba como un árbol que despliega en un alarde de síntesis cuarenta años de práctica en ramas perfectamente sincronizadas unas con otras, en una matemática precisa de los organizativo, de lo colectivo, de lo que crea comunidad. A la par que se podía entrever una musicalidad poética de lo intangible, y un arte de maestro, ese que deja abierta la puerta de la cavidad de cada rama, de cada Consejo, científico, docente, comunicativo, asambleas generales, supervisiones, contabilidades, administraciones varias, para que quien quisiese ser savia y nutrir la letra con su espíritu se pudiese vestir el árbol entero que él donaba, por una actualización de la enseñanza, que cada uno debe de hacer para florecer, y que él estaba desplegando con su esquema, ya no de templo, ni de monasterio sino de escuela para enseñar rudimentos meditativos para una ingente cantidad de seres que deambulan por el occidente moderno sangrando heridas mal curadas, nunca cicatrizadas, por saber que el día de la muerte no podrían decir como el poeta he vivido acorde a mi real destino.

En esa exposición de la estructura de la Escuela sentí que su donación de tiempo y energía, de Vida era lo que hacen los grandes hombres que se sacrifican para dar de comer a lo colectivo de su propia sangre, de su propia carne, que él como hombre ordinario de retrete y estornudo hubiera preferido dejar a descansar en la dulce cama de las canas de quien ya ha dado mucho y se retira a lo que es más fácil, la enseñanza que mana sola de su práctica comprometida durante toda una vida y escribir y sacar poemas de la textura de la luna, y plasmar en imágenes lo que no le cabe a la palabra. Pero los hombres de genio y figura tienen el difícil destino de la entrega, del negar su propia voluntad por la voluntad de un Agente que les trasciende y que a través de su subjetividad escriben la historia del devenir de lo humano.

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La Escuela pareciese venir a responder a mucho sufrimiento aposentado en las vidas cotidianas de la inmensa mayoría secular, incapaz de asumir un pacto iniciático con ninguna tradición, que exige poner a morir al ego con herramientas de “ciencia fricción” y que supera la resistencia de las débiles estructuras psíquicas de los hombres contemporáneos, que vienen rotas por tanto desarme de lo que confina y refugia al alma, en los planos de los cotidiano: los principios que edifican, las dosis de amor necesaria como pan de cada día, en la pareja, en las relaciones filiales, en las relaciones vecinales, políticas, espirituales….. Ausencia de Luz y Calor en tantas vidas. Dokushô nos proponía ser escuela, ser comunidad de un vestido diseñado desde las entrañas, nos proponía esfuerzo y sacrificio elegido desde la pequeña libertad que cada uno pudiésemos haber conquistado a nuestros condicionamientos cognitivos.

Dokushô se me presentó en este módulo como la metáfora que da título a esta crónica: el vuelo del águila, que él había desplegado durante toda la formación y que finalmente sintetizaba como la expresión del objetivo último del cultivo de la Atención Plena. Una atención abierta y una atención concentrada al unísono, en un único verso, un universo donde la plenitud es útero de la semilla de la observación indagadora que penetra el objeto sensorial, emocional, mental, espiritual. Su creación de la Escuela era el vuelo de una experimentada y vieja águila capaz de disolverse en la clara luz de la conciencia en vuelos altos y majestuosos, en los que la luz del sol por su cercanía pareciese borrar el mundo, en apariencia. Con sus haikus, sus expresiones existenciales nacidas de un Zen que se había hecho caminar, cocinar, amar, el vuelo del águila se hacía solar, se hacía esencia irradiadora, se hacía uno con el espacio vacío, que propicia su vuelo de altura, pero también era él el águila capaz de vislumbrar cualquier pequeño fenómeno correteando por el bosque de la tierra, pues el águila por muy alto que vuele no deja de ser capaz de volver a cualquier fenómeno que acontezca allá abajo, un diminuto ratón, comida de mediodía. Para él no hay distancia entre el cielo y la tierra que habita de una sola vez con su mirada integrada, integradora.

Tan pronto le veía volar y desaparecer de mi mirada, como le volvía a ver regresar a explicar con la misma precisión que había nombrado con poética el vuelo de la clara luz la necesidad de un tesorero que administrará desde la escobilla del váter, que tiene la naturaleza del Buda – insistía-, o manejar con destreza la presión que una parte del grupo empezó a sentir a medida que nos explicaba la dinámica de la Escuela. El mundo con su solidez se presentó ante muchos ojos como una estructura pesada, apareció el fenómeno de la pesadumbre, del susto y la exigencia de tener que ser savia de una nueva estructura, “si apenas puedo alimentar mis propios árboles plantados en la tierra de lo familiar, de lo empresarial, más compromiso, más entrega…”

Verle modular el vuelo de sus alas para adecuarse a esta contracción de un campo de experiencia que hasta hacía unos instantes estaba totalmente abierto, ver como respondía a cada necesidad expresada, a cada carisma, a cada circunstancia vital desde sus propias necesidades de ayuda a una escuela que necesitaba carne para su esqueleto me enseñaba el transcurrir de su camino del medio. La Vía de lo grande y lo pequeño. El vuelo en el misterio del halo luminoso de una perla y el vuelo en los pucheros de lo cotidiano, que él había recorrido plenamente integrando todo lo que su ola oceánica había decido ser en esta vida, desde su evidente hombría sureña, amante de lo femenino sobremanera, a sus talentos donados por la gracia del karma, a su responsabilidad de maestro, al hecho de haber sobrevivido a la creación perpetua de un monasterio inexistente durante décadas, salvo en su corazón; de haber dirigido un templo donde miles de personas después de probar el néctar de la meditación zazen habían seguido otros  caminos.

Poeta, escritor, fotógrafo, músico, hombre de taco y vino… Dokushô se me presentaba sencillamente como el cuerpo realizado del estudio de la Vía y el resultado de diligentes esfuerzos repetidos sin cesar, un titán de andar por casa que había querido donarse en una joya cincelada por las ocho facetas del budismo con el fin de salvar a todos los seres. Su sacrificio me produjo una intensa compasión, cuando su parte ordinaria, más humana, mostró su desbordamiento de tareas. Empaticé con su carga y mientras mi ego me decía “ni se te ocurra comprometerte con otro proyecto más, que ya tienes suficiente y este quizá no es el tuyo”, mi voz se alzó para ofrecer ser savia, mientras mi estómago somatizaba la osadía, pues algo ya intuía de la incompatibilidad de mis amores.

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Dokushô manejó la presión que el compromiso producía en algunos plegando lo que algunas amigas decían que era su necesidad oculta de ayuda, inconsciente y que se expresaba en el nivel no verbal e insistió en la libertad total de compromiso o no, en la perfección del momento vital de cada uno. Estar rodeada de psicólogos y terapeutas durante estos meses me había hecho ser sensible a un lenguaje psicológico que a veces clarificaba y a veces empañaba mi percepción constriñéndola en cierto psicologismo. Me veía interpretando en clave psicológica algunas de las intervenciones de mis compañeros y las mías propias. Que si neurosis, que si proyección, individuación…

Pero más allá de estos constructos que quieren reducir todo a al ámbito de lo psicológico, como si el ser con sed de eternidad pudiese contenerse en ningún frasco, con el peligro añadido, además, de reducir el espíritu de la vida a lo estrictamente cognoscitivo allí, en ese dojo, ante mi corazón en busca perpetua de respuestas había una colectividad humana, una confluencias de olas existenciales emergiendo del océano de la Conciencia, mostrando la  cualidad única de su espuma, esa que sale cuando friccionas con la vida, y desde la atalaya de mi ola, las escuchaba como quien contempla el mar, rugiendo allí, rompiendo ahora en aquella roca, ahora en esa otra, observando que la presión que cada uno tenía en su interior ante el compromiso que parecía una exigencia, como bien dijo uno de los compañeros,  se proyectaba hacia afuera, pues dar cuenta de que toda tensión, presión, contracción es en última instancia un sí a la tormenta creada por un alma que ignora, una consecuencia de todas las heridas que uno lleva encima, de las carencias, las ausencias, pues la ecuanimidad libera de cualquier presión externa si incluso la hubiere, la libertad interior, la santa indiferencia libera de toda condición, pues uno no recoge los regalos del samsara. Pero como decía Yoka Daishi “la naturaleza real de nuestra ignorancia es la naturaleza de Buda”.

Así que todo era perfecto aunque el ambiente hubiera cambiado significativamente. El vuelo del águila había bajado en picado hacia la realidad densa de las estructuras necesarias para sostener el proyecto de Escuela. Muchos sintieron la amenaza, la exigencia de nuevos compromisos. Y sus olas se congelaron por momentos, el fluir del agua de la vida se hizo piedra en los constructos cognitivos de cada uno, en los sesgos perceptivos  y atencionales que cada uno edifica  para su defensa. Muchos estaban allí presentes no ya como olas sujetas a la plasticidad del océano sino como arcilla hecha vasija, como bloques exclusivos y en defensa de territorios. La subjetividad de cada uno se volvía de pronto monolítica, cada uno intentando objetivar al otro con objetividad y distanciamiento para no caer en estériles enfrentamientos, pero habíamos perdido la unidad de hacía un momento, mientras el yo y el otro intentaban explicarse yo me preguntaba ¿Cómo alcanzar la integridad de ese Ser oceánico que se expresa en cada uno de nosotros, cómo romper la vasija y volver a ser arcilla maleable que aún no ha construido la frontera?

Salí removida e indagué de donde venía, ¿será la neurosis que comentan los compañeros o una fracción de mi angustia vital que se ha escenificado en los miedos que cada uno habíamos sentido ante el reto de ponernos a hacer realidad la motivación con la que empezamos la primera dinámica de esta formación y que habíamos repetido como un mantra a lo largo de seis meses, “que yo y todos los seres seamos felices”? Después de meses de recibir ¿Era el tiempo de dar?  De dejar de centrarse en el control seguro de la esfera personal, del que siempre recibe, como decía una compañera, y pasar a madurar, a conocerse en el proceso de la enseñanza.

Cada uno se enfrentaba a sus propios límites ante el espejo del compromiso, ante sus propias circunstancias vitales y yo tenía las mías presionando en ese momento a la altura del pecho y la garganta, podía yo enseñar meditación si la oración era el método que me había llevado de vuelta a casa, o por lo menos a sus alrededores. Desconocía si era una transferencia de la tensión del grupo, mi alma es muy sensible, o era cosecha propia, pero cómo saber dónde empieza el yo y donde empieza el yo del otro. Busqué ayuda para ir descartando desde lo más periférico y psicológico preguntando a una profesora de psicología qué era la neurosis, esa palabreja que tanto se usaba; obsesión me dijo, algo no resuelto que se rumia y presiona por ser integrado. Pero no era la respuesta que buscaba ni la que explicaba mi estado.

Quería la de Dokushô, pero era tan consciente del esfuerzo cotidiano que realiza en los módulos que no quería molestarle con mis dragones, pero este parecía venir desde lo profundo, nuevo y a la vez antiguo conocido. ¿Era quizá ese que custodia la cueva del corazón, la sede del intelecto que permite penetrar la realidad y ser una con ella integrando todo en un silencio elocuente de comprensión y amor? O simplemente las espinas del berenjenal que empezaban a hacerse sensibles, dos pedagogías, dos caminos, cavando en dos pozos de agua, iguales sí, pero que dividían mi esfuerzo. Todas las lunas en el agua llegan de una luna….Sí, sí, pero algo se resistía a habitar existencialmente la trascendencia metafísica de las formas.

No sé si era esta duda de estar jugando con lo sagrado, sin tener la altura metafísica o no sabía si era de nuevo ese dragón ignorancia que se resiste a morir, bien ennegrecido de muchos años de estar en la cueva sin luz, atesorando cada una de sus escamas endurecidas por hábitos de repetición erróneos. ¿O era el alma del mundo a la que estas prácticas dejaban la puerta abierta? No sabía nada, cada vez sé menos, de hecho, pero su emerger de la cueva sacudía las paredes somáticas de mi garganta y como siempre venía con su amenaza de quebrar las estructuras cognitivas de refugio, de control, venia buscando algún cráter abierto por el que soltar su lava, pero la puerta nuevamente se cerraba ante el miedo que su presencia me imponía. Podía ser prudencia, todo el lenguaje psicológico recién adquirido reverberaba como amenaza, recordaba las historias y los artículos de psiquiatras y psicólogos reputados que hablaban de los efectos no deseados de la meditación. De esa capa delgada que separa el reino de las sombras que puede romperse de repente. Prudencia ante un magma de angustia existencial que clamaba de nuevo desde la dimensión más óntica, pero con todas las adherencias de una vida y que no tenía capacidad para atender todas sus demandas, sus miserias.

Mi querer comprender me ponía en esa situación, como dicen los sufíes, esta situación es la del hombre ordinario presa de las hipótesis, temores, y continuos cálculos de su imaginación. No sabe que todo lo que sucede tiene un sentido y un lugar en el orden universal querido por Dios. De ahí, que la única actitud válida sea la del abandono de sí mismo a la voluntad divina, soltar la propia del hombre ordinario que es presa  de hipótesis, temores, cálculos de su imaginación. Cuánto anhelo de bucear al punto de buceo más profundo, donde las olas se calman de sus espumas. Donde por fin te enteras de todo del criterio de verdad respecto a tantas creencias y opiniones, pues sólo es verdadero lo que apunta a unirlo todo en un todo de corazón imperturbable, donde lo que conoce -el alma intelectual- queda asimilado a aquello que conoce.

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Mi intelección estaba borrosa por la ignorancia y finalmente busqué claridad en la puerta de Dokushô. Mientras iba hacia su puerta recordé de las primeras veces que solicité su ayuda como Kulamitra, “amigo de bien”, hacía ya 26 años. Mis lágrimas eran mucho más abundantes que las de ahora y no podía articular palabra y él me propuso sacar nuestras respectivas flautas y sentarnos afuera en sendas rocas enfrentadas. Yo soplaba con mi caña herida de separación unas notas robadas al alma y él contestaba con la suya unas notas de maestro, vivaces, profundas, zen. Así estuvimos durante un tiempo que borró el tiempo lineal y aún guardo las palabras de sus notas y el recuerdo de las mías rotas

Habían pasado 26 años y no parecía que hubiese avanzado mucho, las tendencias del alma son viejos surcos que atraviesan múltiples vidas perpetuando sus inercias, hasta que se agotan ante un súbito despertar y uno ya no intenta apartar las ilusiones ni encontrar la verdad como dice el maestro Yoka. Pero evidentemente no era mi caso, el karma seguía su curso sin permitirme descansar en la paz del corazón, y yo como un buey seguía hacia delante aceptando mi pobreza espiritual del que nada puede. Dokushô me miró como miran los que han mirado muchas almas angustiadas ante la presión de la práctica y miró para ver que el problema era el mismo de siempre.

De nuevo un  exceso de racionalización me bloqueaba el paso. Me vino un súbito recuerdo cuando viviendo en Luz Serena durante algunas semanas Dokushô me quitaba los libros que ávidamente cogía de la biblioteca uno tras otro, como para cruzar el puente a través de las palabras y él siempre me recordaba que sólo el corazón de la práctica podía cruzarlo. Él reconocía que podía ser excelente para algunas cosas y que eso me permitía ordenarlo todo, pero que la vida no cabía en ninguna conceptualización. Que dejase de ponerle nombre y categoría a todo y permitiese a la Vida, con mayúsculas, expresarse sin contornos, expandirse en ese vacío que había saboreado fugazmente a lo largo del módulo. Simplemente ser eso que acontecía.

La clave era de nuevo la confianza, soltar el aferramiento al miedo a soltar, entregarme a un no hacer nada con lo que ello por sí mismo se expresaba. Morir a mis creencias sofisticadas y eruditas, imaginaciones de dragones y princesas, abandonarme a lo que pedía ser experienciado, morir a mis palabras armaduras. Lloré porque lo femenino está hermanado con las aguas y porque debajo de ese supuesto raciocinio sólo había una intensa emocionalidad oceánica, visceral e inaprensible. Dokushô me recordó que yo era el Buda, Dios, el Agente que en mí sabría resolver esa fuerza que quería expresarse. Que confiase y no temiese y aunque la prudencia no me abandonaba: “abrir la puerta a cualquier experiencia no es lo que se enseña en mi camino” me entregué a la confianza que marca el Camino.

Después de hablar con Dokushô, con las lágrimas frescas del alivio de ser escuchada caminé hacia el dojo recordando las palabras de Hsuan Chuen:

Las reacciones físicas y mentales vienen y van Como nubes en el espacio vacío; El egoísmo, el odio, y la ignorancia aparecen y desaparecen Como burbujas en la superficie del océano. Cuando realmente lo realizamos, No hay distinción entre la mente y la cosa Y el camino al infierno instantáneamente se desvanece. Si esto es una mentira para engañar al mundo, Mi lengua puede ser cortada para siempre.”

Así que mi camino al infierno se había desvanecido cuando entramos en la última meditación de regalo. El cierre de la formación iba a tener una guinda inesperada, era mi esperado momento para desembarazarme de ese velo que siempre busco descorrer en Luz Serena, para vivir en una trama de ser más intensa y real, aunque sea, como decía Dokushô, para poner el papel higiénico consciente de que la Vida está dejando el papel y que todo es un hacer sagrado. Ver las diez direcciones en un átomo de polvo y de no confinarlas a un átomo de polvo. Tener un cuerpo que es el universo entero, mover la cabeza como si la elipse de la luna dependiese de nuestra delicadeza en moverla, o de nuestra fuerza al caminar la vía láctea se construyese a cada instante.

La meditación se convirtió en una bendita oportunidad para hacer carne esa operación sublime de soltarse, cada respiración se convirtió en un verdadero viático, cada expiración era un suspiro de tanto yo. Poco a poco todo se fue diluyendo, la confianza abría el camino, soltarse, soltarse más allá de la frontera del yo, y de pronto, dulcemente, el dojo se iluminó por la clara luz de la conciencia, el velo que opacaba su belleza se descorrió y todo se volvió sencillamente sagrado. El brillo de su luz serena aumentó cuando por un instante la consciencia se hizo consciente de sí misma y ese instante de fulgor hizo que el campo de la experiencia se volviese un campo indefinido de infinito. Fue un instante, luego las montañas volvieron a ser montañas, el dojo volvió a tener cuatro paredes  y recordé que lo decía un santo que «no hay más velo (entre Dios y los hombres) que el tiempo». Que la semilla plantada por el maestro necesita de la oscuridad y la dulce espera de la lluvia repentina, que cala desde el cielo la tierra preparada en el humus de la paciencia, la perseverancia y la confianza.

El paso del tiempo en Luz Serena, una vez más, se había convertido en el descorrer el velo de la alcoba, poco a poco, hora a hora, desierto a desierto, a cada día su afán, descubriendo una belleza de su cuerpo inmaculado, un trozo de su cabellera y una verdad oculta que clama desde la oscuridad de su cuerpo sagrado por ser descubierta, amada e integrada. Bien cierto que era sólo una palabra de su cofre, pero que hacía señas antes de  recogerse de nuevo en el tálamo nupcial, para el cual yo no tenía aún dote. Volver a su escondite dejando el sabor de todos sus secretos en un pequeño signo, una señal de un instante.

Pero todo llega a su fin, como la muerte que llega dejándolo todo inconcluso, “¿ya está?, sí, ya está”, decía mi querido amigo Vicente Pascual en un poema en el que le daba voz a la muerte. Un sabor de pérdida, del recuerdo de una ausencia ocupaba ya una esquina del corazón mientras nos dábamos los últimos abrazos por las esquinas de Luz Serena, que también nos despedía a la manera en la que se despiden los lugares. Fui a presentar mis respetos al Budha del círculo, como si fuera la última vez que iba a volver a ver su serena luz dibujando una de las sonrisas más hermosas que he visto en las distintas estatuas que me han mirado en esta vida. Era la última vez que vería a tantos nuevos amigos de tramo de un camino que ahora empezaba a borrarse mientras como un río desembocaba en el mar de un nuevo ciclo. ¡Qué hermoso ver como el trenzado humano se había ido tejiendo! Si hubiésemos permanecido seis meses más formándonos a la luz de la Escuela, muchas amistades se habrían forjado para siempre.

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Ahora había que tomar decisiones. Bajar en picado de nuevo al cielo de la tierra y comprometerse o no como miembro activo de la Escuela. Dije que sí, que quería compartir lo aprendido, pero lo que no me esperaba es que al salir por última vez de Luz Serena hacia las islas pitiusas, un director espiritual con el que tenía un encuentro presentase ante mí un no, que surgía con la fuerza de una parábola abrahámica. Sacrificar a Isaac. Sacrificar la Escuela, sacrificar enseñar meditación. Sacrificar dos años de formación primero en la Universidad con el Experto con una mención de excelencia, segundo en una Escuela que me había hecho volar y recuperar el amor de una vieja amiga luz serena.

Renunciar a los frutos que empezaban a entreverse, lista de espera para septiembre, en octubre la primera charla, varios retiros para octubre. Se me pedía soltar los dos años de formación para operar en el mundo con un nuevo sustento vocacional y convertirlos en un periodo de purificación, en un soltar el mundo para ganar el reino. Esos dos años parecían ser la representación teatral de una lograda estratagema de la ilusión para alejarme de mi verdadero camino de desaparición. Una pieza sublime de teatro representada ante mi alma para aprender a  discernir cuál era mi lugar en las múltiples vías del Dharma y aprender a ofrecerme mansamente ante la muerte de las cosas que uno ama, o a las que se apega. Ofrecer este particular cordero de mi formación ante el altar del compromiso, la coherencia y el voto de obediencia a una vía muy distinta al budismo. Creí romperme. Mientras escribo sigo rompiéndome en una ciencia fricción que cuestiona todos mis esquemas, mis certezas, mis anhelos, mientras trato de buscar el silencio elocuente para que se pronuncie y dictaminé y a través de la grieta de la herida mane la luz de la aceptación, de la certeza que el Cielo se ha pronunciado pidiéndome esta renuncia que hace morir una parte de mi.

Yo quisiera gritar “¡Señor! Un día visito la iglesia, otro día la mezquita; pero de templo en templo, sólo a Ti voy buscándote. Para tus discípulos no hay herejía, no hay ortodoxia; todos pueden ver Tu verdad sin velos. Que el herético siga con su herejía y el ortodoxo con su ortodoxia. Tu fiel es el vendedor de perfumes: necesita la esencia de rosas del divino Amor.” Abu-l-Fadl Allami (India, 1551-1602): pero mi corazón no tiene ese vuelo, aunque le intuye.

Mi vuelo está aún truncado, sigo en la cueva de Platón donde se pierden las alas, quizá también por la ingesta de centenares de libros espirituales, tradicionales que desde hace 26 años en busca de respuestas, han elaborado una tupida red de dogmas, doctrinas, doxas, en algunos casos, epistemes en otros, que me han hecho convertirme en una especie de Don Quijote que por falta de ambiente tradicional, espiritual, en el que como una era separar el grano de la paja, donde poder realizar la hermenéutica adecuada han producido elucubraciones en medio de un ambiente ajeno a todas esas preguntas con sed de causas absolutas, sin caja de resonancia para sonar como notas claras y nítidas de que efectivamente Dulcinea estaba en cada amada posible, detrás de cada brizna de hierba coqueta en el contoneo de una brisa y que los gigantes no son molinos sino combates doctrinales que todo amante de la verdad ha de tener para discernir la paja del trigo, los peligros del camino y no negar que los gigantes acechan en cada curva, en cada pliegue del ego y que susurran estrategias para perderte y robarte el tesoro más preciado que lleva el hombre en sus bolsillos existenciales, el alma. Pero como yo, Don Quijote estaba rodeado de Sanchos interiores y exteriores que dicen que estas batallas sólo existen en los libros, aunque yo pudiese jurar por Dulcinea del Toboso que yo estaba librando de continuo  batallas contra los gigantes del ego.

Tristemente y con lamento, y también ya con cierta ecuanimidad había de reconocer que no había vuelo para sumirme en el silencio de las respuestas, donde susurra el espíritu, como dice el profeta Elías y mi raciocinio cabalgando una emocionalidad herida intentaba responder por sí mismo ¿Había sido todo un engaño? ¿Quién había elegido ser instructora de mindfulness? ¿Mi alma vanidosa que quería sentirse útil en una profesión que le permitía brillar y medrar? ¿Mi alma servicial que quería amar a Dios en los prójimos? ¿Mi alma oportunista capaz de desvirtuar una tradición milenaria en una tecnología del bienestar? ¿Mi alma sabia capaz ya de trascender las formas y decir como Ibn Arabi  “¡Guárdate de atarte a una religión en particular rechazando las demás! Si tal haces, no obtendrás de ello gran beneficio. Peor aún, no conseguirás el verdadero conocimiento de la realidad. Trata de hacer de ti Materia Prima para todo tipo de creencia religiosa. Dios es demasiado grande y amplio para quedar confinado en una sola religión”? Pero la respuesta no llegaba; acaso un cierto sabor a verdad clamaba en el desierto de mi raciocinio desconectado con el ojo del corazón donde residen los secretos del misterio.

Dicen que los sabios cuando el cielo se pronuncia incluso en forma de upa gurú, y una brisa, o un ladrido de perro les corrige, les señala el camino, no ven causas segundas sino solo a Dios como causa primera que les habla a través del viento, a través de un libro que cae en sus manos, una frase dicha en la noche por un amante y que el viento trae hasta su alcoba. Todo les habla de Él, solo hay un Él que habla en todo para el alma que escucha y merodea el centro donde Él habita como motor inmóvil, Principio generador, El Sustentador de los Mundos. Si seguía su ejemplo yo debía ahora ser sabia y tomarme la advertencia de este hombre juicioso acerca de los peligros que este doblete metodológico podía producir en la textura de mi alma como si viniera directamente del Cielo. ¿Tendría suficiente fe para realizar este salto mortal sobre lo que mi ego quería vivir? ¿Fuerza para enfrentarme al pensamiento moderno de Sancho que desterró el Misterio, de un misterio que susurra a sus amantes el camino recto?

Recordaba lo que decía Martin Lings, sobre que los radios de la rueda del Dharma son todos perfectos y todos ascienden hacia el centro, pero que saltar de un radio a otro puede ser muy perturbador para el alma. Se me exigía confiar en mis maestros, pero todos los miedos y deseos de mi alma saltaban como bandidos en la noche y me increpaban ¿Quién va a pagar la hipoteca y la nueva casa, y el centro, y tus talentos? ¿Cómo vas a explicarle esta historia de Don Quijote a tu familia que ha apostado contigo en esta formación….? Yo recordaba ese bendito mensaje del Corán di “Allah y déjalos con sus vanos discursos” y trataba de huir hacia Dios, hacia lo Real que sabía estaba más allá de todo este oleaje egoico e imaginal. Así que recé, como recomiendan los santos que se rece, cerrando la puerta, en lo oculto, en el silencio. Me refugié en una casa de payeses en Ibiza frente a Es Vedrá y recé y oré e invoqué por más respuestas, una que viniese desde lo profundo, más allá de mis dimes y diretes.

Salí de la Isla sin respuestas, pero sometida a realizar el sacrificio con un no que me daba vértigo y sin saber si iba a ser capaz de realizarlo. Decidí, para ir ensayando, levantar el cuchillo y cortar unos de sus mechones y suspendí el último retiro de cuatro días en Luz Serena y los tres días de Asamblea donde tenía que incorporarme al Consejo de Comunicación de la Escuela. Faltar a mi palabra de ir era doloroso, pero quería ensayar, con algo fácil, un definitivo no a la escuela, a la integración en una sangha. Un no a hablar de Dios, pues para mí el Budha no es otra cosa que la efusión de una de sus maravillas, el desbordamiento del Si-Mismo en una miríada de pequeños si-mismos. Me decían que el Cielo no me había dado la función de tocar las almas y ahí estaba yo con dos certificados bajo el brazo, queriendo desde lo horizontal tocar el telar sagrado del alma humana, pues no podía negar mi pequeña experiencia que la meditación por muy secular que fuera era iluminadora y ¿sin maestría cómo atreverse a despertar el dragón de la ignorancia?

Se me rompía el corazón de no poder ser río de palabras para mis alumnos que inspiraban verdaderos poemas de amor y lucidez a la verdad amada. No volver a ser lomo de ballena, como tantas veces había sentido ser llevando a los que se querían subir por el poder de la palabra a profundidades más serenas. Llevarles después en lo secreto a mi sala de oración y encomendarles a Dios por su cuidado, sus grandes y pequeñas cuitas. Renunciar al brillo de sus miradas y de su corazón cuando un verso de Rumi les robaba una exclamación en el corazón. Sentía que había nacido para esto, pero no podía desoír la advertencia. La función de guiar viene del Cielo, el mundo no te puede dar esa licencia y la meditación toca el alma, la toca profundamente…

Escribo estas líneas sabiendo que el primero que las va a leer es Dokusô, pues como estas crónicas van a ser editadas en un libro junto a sus imágenes fotográficas, la mecánica de estos meses era recibir la enseñanza en la Escuela y nada más llegar de Luz Serena escribirlas como un torrente que naciese del corazón de la experiencia y enviárselas a él primero. Él no sabe nada de mis cuitas y que mi sí está tornándose en un no, pues uno de los compromisos de la Escuela es meditar todos los días los cuatros fundamentos de la atención, y el cielo me ha dicho que no lo haga, pues no puedo digerir dos pedagogías que se corresponden con dos sectores cósmicos diferentes, a no ser que fuera una Ibn Arabi, cosa segura que no lo soy.

Esta última crónica es mi homenaje a su generosidad, es un río de gratitud hecha palabra a mi querido “amigo de bien”, que una vez más me ha acompañado un tramo del camino, que ahora se cierra. Mientras el suyo se abre con decenas de formadores que llevan en su corazón el maravilloso don del budismo de la compasión, del bodhisatva: “Qué todos los seres sean felices y que yo haga algo para realizarlo.”

Yo he tenido el privilegio de un tiempo y un lugar que se me ha concedido de recoger flores en un jardín distinto al mío, y han sido de aroma tan intenso que no he podido dejar de compartirlas, pues he sentido que eran buenas y bellas, y el bien tiende a comunicarse.  El Profeta del Islam dijo: «Buscad el saber hasta en China», y yo he viajado hacia el este para recalar en las orillas de Luz Serena en un momento en que sentía hambre y sed, pues los pastos propios pareciesen haberse secado y me vuelvo saciada y regalada, profundamente agradecida a la Luz Serena.

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Cuando llegué a Madrid le pedí una señal más al cielo, en estos términos -con ello cierro esta última crónica escrita con la sangre de mi poética-: “No puedo renunciar, he invertido demasiado tiempo, energía e ilusión en este proyecto de ser profesora de meditación. Dime algo que me haga bajar el cuchillo del discernimiento con claridad suficiente, no quiero cortarle la cabeza a algo que me esté destinado, por pájaros en mi cabeza, locuras de Quijota. Si es bueno para mí condúceme hacia ello, si no es bueno quítalo de mí”. Mi mirada bajo del cielo hacia la tierra y se posó en un libro sobre el alfeizar de la sala de yoga de mi hermana y lo abrí en un impulso, así habla el cielo cuando se le implora:

Nasrudín visita la India [Cuento. Texto completo.] Anónimo hindú

El célebre y contradictorio personaje sufí Mulla Nasrudín visitó la India. Llegó a Calcuta y comenzó a pasear por una de sus abigarradas calles. De repente vio a un hombre que estaba en cuclillas vendiendo lo que Nasrudín creyó que eran dulces, aunque en realidad se trataba de chiles picantes. Nasrudín era muy goloso y compró una gran cantidad de los supuestos dulces, dispuesto a darse un gran atracón. Estaba muy contento, se sentó en un parque y comenzó a comer chiles a dos carrillos. Nada más morder el primero de los chiles sintió fuego en el paladar. Eran tan picantes aquellos “dulces” que se le puso roja la punta de la nariz y comenzó a soltar lágrimas hasta los pies. No obstante, Nasrudín continuaba llevándose sin parar los chiles a la boca.

Estornudaba, lloraba, hacía muecas de malestar, pero seguía devorando los chiles. Asombrado, un paseante se aproximó a él y le dijo:

-Amigo, ¿no sabe que los chiles sólo se comen en pequeñas cantidades?

Casi sin poder hablar, Nasrudín comento:

-Buen hombre, créeme, yo pensaba que estaba comprando dulces.

Pero Nasrudín seguía comiendo chiles. El paseante dijo:

-Bueno, está bien, pero ahora ya sabes que no son dulces. ¿Por qué sigues comiéndolos?

Entre toses y sollozos, Nasrudín dijo:

-Ya que he invertido en ellos mi dinero, no los voy a tirar.

FIN

Bajé la cabeza, el corazón temblaba. Me sentí como Nasrudín queriendo amortizar mi dinero, mi tiempo, mi energía, mis talentos, pero el Cielo se había pronunciado primero en las palabras de alguien en el que yo confiaba, o debía confiar, si me salía el pragmático Sancho. Segundo en las palabras de un libro, un upa-gurú. Tercero y lo más importante, en un punto de mi conciencia que desde el inicio de este viaje en busca del conocimiento de la meditación había estado irradiando un mensaje apenas audible, pero continuo, “sin haber trascendido efectivamente todas las formas mediante la realización espiritual, lo que es muy diferente de una comprensión meramente teórica no se puede pastar en dos praderas sin el peligro de recibir una vibración extraña, porque dos perspectivas espirituales pueden, por razones de doctrina o de método, excluirse mutuamente en algunos de sus aspectos, aunque, sin embargo converjan hacia el mismo objetivo”.

Yo había sido muy cuidadosa desde el inicio de no practicar los ritos de otra religión distinta a la mía y había aceptado la formación, precisamente por ser secular, pero al día de hoy, después de seis meses de profundización en ese lugar amado, donde el Zen escribe caligrafías en cada roca, las técnicas que iba a enseñar habían imbuido de un aroma penetrante y excelso mi alma, el perfume del Budha me tenía totalmente enamorada y me parecía que lo más coherente para estar en esta escuela era ir comprometiéndose cada vez más con las raíces budistas que la alimentaban desde el Cielo de esta sagrada revelación y aunque Dokushô nunca se lo haya pedido a nadie.

Es tiempo de volver a huir hacia Dios querida amiga,  de convertirse de nuevo hacia la senda elegida, profundizar la metanoia, girarse hacia lo Real, pues las sombras sí son ilusorias, cambiante, contingentes, interdependientes de miles de fenómenos que se tejen para producir una emoción que aflige, un pensamiento que distorsiona como dice el bienamado Budha. Pero si tú dices Allah, como sostienen los sufíes y dejas con sus vanos discursos a la loca de la casa, el misterio de que el Nombre es el Nombrado opera la alquimia desde arriba, el único lugar desde el que se puede hacer palanca para superar el psiquismo y entrar en el verdadero ámbito de lo espiritual, ese más allá de uno mismo, ese descentramiento necesario para centrarse en lo que realmente es. Redimir las sombras desde la confianza que Dios sana, con una sóla palabra suya. Mi alma cristiana impregnada de miles de generaciones orando a Dios reivindicaba la Gracia, el poder del Otro, Tariki, necesitaba recuperar el don de la fe. El Jiriki, el poder de uno de realizar toda esa sofisticada y precisa tecnología budista para alcanzar la libertad interior estaba más allá de mi destino, de mi potencia realizadora. Era pobre y como pobre quería morar a los pies de Su alcoba.

Para realizar el puente entre lo no nacido (Dios) y lo nacido (el mundo) parafraseando un pasaje del canon pali (Udana 7, 1­3) necesitaba la Gracia. Entre lo mudable y lo eterno había una brecha inconmensurable y no era menester para mi cruzarla por mis frágiles fuerzas. “Mi mirada no Le alcanza, pero Él alcanza mi mirada” se dice en el sufismo. Dejarme ser arrastrada por la atracción del centro, luchar descansando en sus brazos apaciguados, inmóviles, sin movimiento ya de dualidad combativa. La Gracia como mano que acoge el último salto, en el borde de la gran línea divisoria. Sólo aquel que ha descendido del cielo puede ascender al cielo, como dice el Evangelio. Volver a casa, a mis raíces. Cerrar está crónica desde la Luz Serena no como meditadora sino como orante: «Hazme entrar, oh Señor, en las profundidades del Océano de tu unidad infinita» Ibn Arabi.

 

Beatriz Calvo Villoria

Fotografía: Dokushô Villalba

 

Las crónicas de los sucesivos módulos fueron publicados originalmente en el blog personal de Beatriz Calvo Villoria, monitora de la segunda promoción de la Escuela (2016): http://ecologiadelalma.es