fbpx

La locura del mindfulness

Escrito por Hattie Garlick. Publicado en FT Magazine / 3 Febrero, 2017
Traducido por Maria Angeles Huertas.

Con más de 1.000 para elegir, las apps sobre meditación se han convertido en una floreciente industria. ¿Pero puede realmente descargarse el camino hacia la paz interior? Hattie Garlick pone el contrapunto a este supuesto bienestar.

Debe haber pocas cosas en la vida menos Zen que estar hasta los tobillos de Lego gritando: “¡mamá necesita tres minutos de atención plena inmediatamente!”.

La cosa fue tal que la semana pasada borré de mi teléfono móvil tres de las aplicaciones de mindfulness que me había descargado. Cada una de ellas se distinguía por pequeños matices (una supuestamente me hacía ganar en productividad, otra en la crianza de mis hijos – como si, de hecho, no se tratase de la misma cosa). Todas ellas, por otra parte, fueron diseñadas para relajarme y centrarme, quizá incluso hacer, de paso, que me sintiera más feliz y compasiva. Durante varios meses, me estuvieron todo el día pitando y flasheando la vista, advirtiéndome de mi urgente necesidad de desconectar – a cada minuto.

Encontré toda esta experiencia sobrecogedora. Fue particularmente desalentador haber escuchado a Andy Puddicombe, fundador de la app de culto Headspace, describir cómo el punto fuerte de estos ejercicios consiste en que te proporcionan la habilidad de “situarte en el momento presente, con atención plena, evitando estar distraído o sobrecogido”.

El mindfulness es solo uno de los componentes del sobradamente expandido movimiento “bienestar”, en el cual también se incluyen los pantalones de yoga, la espirulina, los spas e incluso los cursos empresariales para entrenarse en la “búsqueda interior”. Sólo el año pasado, The Global Wellness Institute valoró esta industria en unos 3,72 trillones de dólares. Thrive Global, la nueva “plataforma corporativa de consumo de bienestar y productividad” de Arianna Huffington, que incluso vende productos diseñados para hacer tu propio “Home & style” (“Hogar & estilo”) más, saludable…. “bueno”.

Entre todo ello, el mindfulness, al menos, está respaldado por la ciencia. El National Institute for Health and Excellence Care (Instituto Nacional para la Salud y la Excelencia en el Cuidado, en adelante NHS) defiende su uso para casos de depresión recurrente. La terapia cognitiva basada en mindfulness ha sido prescrita por el NHS desde el año 2004 y ha sido también utilizada en prisiones y escuelas. Y para los muy inquietos como yo, las aplicaciones de mindfulness prometen proporcionarnos pequeñas dosis de esa moderna forma de meditación provocando una mínima interferencia en nuestras apretadas agendas.

De acuerdo con Sensor Tower, compañía que ofrece análisis sobre apps (aplicaciones para móviles), en la actualidad hay más de 1.300 disponibles de este tipo. La más popular, Headspace, ha sido descargada más de 11 millones de veces y Forbes la ha valorado en 250 millones de dólares. Como muchas otras, ofrece un paquete básico de meditaciones guiadas de corta duración, de descarga gratuita y diseñadas para ser practicadas a diario. Las suscripciones de pago se reservan para el que desee adentrarse más profundamente en el “viaje” meditativo.

Suena factible y pragmático, ésta es la respuesta al fenómeno que los investigadores de las ciencias sociales han etiquetado como el “síndrome de la falsa esperanza” – nuestra cultural tendencia a marcarnos metas ambiciosas y nada realistas. “¡Ésta será mi última copa de vino!” decimos, mientras la agotamos hasta los posos. A partir de ahora, me levantaré al amanecer para practicar yoga, leeré libros serios y comeré cosas verdes”, como si la auto-transformación fuera tan fácil como presionar el botón de “comprar en un solo click”.

Y así es como mi viaje espiritual más realista comenzó en una app store. Lo primero que me descargué fue una aplicación para concederme “unos cuantos minutos por la mañana…. para empezar el día con claridad, antes de que los emails, los titulares y las ansiedades invadieran mi mente”. Era espléndido. Y absolutamente manejable. A menos que cada mañana te saquen del sueño de un sobresalto – a una hora imprevisible – dos pequeños hooligans montando una trifurca desde sus literas.

Por supuesto, que no se te culpa ni se te recrimina por haberte saltado tu dosis programada de micro-meditación y apps de mindfulness. La agresión pasiva que éstas pueden lanzar sobre ti es mucho más poderosa. “No te hemos visto por un tiempo” te dirán probablemente, cuando terminas encerrado en el baño para asegurarte esos cuántos minutos requeridos. Es como el equivalente kármico del: “No estoy enfadado, sólo decepcionado….”.

Porque, según me contaban cuando buscaba la aplicación de mindfulness perfecta, todo el mundo puede invertir unos cuantos minutos al día para ser mindful (plenamente consciente). Todo el mundo, claro está, menos yo. Me encontraba en medio de una larga entrevista cuando se supone que debía hacer mi check-in de media mañana. Iba esprintando en tacones hacia la puerta del colegio en la “pausa” de media tarde. Y me quedaba dormida en mitad de mi reflexión nocturna.
Conforme iban pasando las semanas, me fui haciendo tristemente familiar a un mensaje de bienvenida en mi pantalla que decía: “Has estado un día seguido activa”. Yo que pensaba que estaba empezando a tener un hobby que estaba de moda motivada por un vago hastío. Ahora me sentía como un miembro debilitado de un programa de recuperación. IA, podría ser – Inconscientes Anónimos.

De modo que me volví a la tienda de aplicaciones. Sesiones de diez – e incluso tres – minutos estaban resultándome demasiado. Necesitaba meditaciones más cortas. Sin embargo, ¿en qué momento toda esta pausa para ser más consciente empezó a convertirse en algo inconsciente? ¿Cuánta contemplación podría llegar a hacer en unos pocos minutos? ¿Cómo de lejos podría llegar en ese viaje hacia mi interior en 30 segundos? ¿Hasta la epidermis?

Los estudios indican que el mindfulness realmente puede estimular el crecimiento y desarrollo de áreas del cerebro relacionadas con la regulación emocional – si meditas regularmente durante cinco años o más. Por supuesto, que en su contexto histórico, el mindfulness forma parte de una extensa tradición que los budistas llevan practicando toda la vida. Tampoco sería la primera práctica que se ve claramente alterada en su viaje hacia Occidente. En varios lugares, durante la pasada década (cierto es que, con frecuencia, en Los Ángeles), podías tomar clases de yoga durante una rave, fumando cannabis, cantando en un karaoke en compañía de un gato, un perro o un caballo.

¿Cuanta fuerza se eliminó del mindfulness durante su reencarnación en una mercancía de 10 minutos, en otro objetivo a cumplir en un día a tope?

Pregunté a Carl Cederström, co-autor de The Wellness Syndrome (El síndrome del bienestar), por su punto de vista. “Recientemente invertí un mes buscando aplicaciones de mindfulness”, dijo. “Una de las cosas que me resultaron peculiares es que parecían contener una crítica de nuestra sociedad – vivimos en un entorno que nos estimula a estar conectados todo el día, según sugieren, y la única manera posible de volver el foco sobre nosotros mismos es utilizar este tipo de aplicaciones. Sin embargo, bajo la promesa de conseguirlo lo más rápido posible y ofreciéndote ser más productivo, la línea entre la vida y el trabajo, la productividad y el descanso se vuelve borrosa. Es evidente cuánto puede llegar a mercantilizarse el mindfulness y cuán integrado puede estar en nuestra cultura de trabajo en exceso”.

Se dice que muchos de los beneficios sobre nuestra salud, de los que este tipo de aplicaciones presumen, están basados en la práctica en general, no en la forma que toma este producto en particular. Las mejores apps – Headspace, entre ellas – realizan investigaciones y emiten resultados que son específicos de sus programas. En cambio, en general, el goteo incesante de nuevas aplicaciones que entran al mercado no se corresponde con el ritmo de caracol que llevan los ensayos clínicos. En 2015, un estudio de la Universidad de Liverpool, publicado en el diario Evidence-Based Mental Health (Salud Mental Basada en la Evidencia), afirmaba que muchas de las aplicaciones sobre salud mental, demostraban una “falta de credibilidad científica y una subsecuente limitación de efectividad clínica”. Algunas incluso podrían provocarte sobredependencia y ansiedad.

Por otra parte, se da una inherente contradicción en el hecho de utilizar tu teléfono móvil para contrarrestar precisamente el estrés inducido por las pantallas. No hay nada más chirriante que ver interrumpida tu meditación guiada, a mitad de camino, por un tono de llamada de Peppa Pig que instaló tu hijo de seis años. Además de eso, empecé a subirme el teléfono a la cama, en lugar de dejarlo abajo durante la noche. El propósito era honesto. Mi meditación vespertina me ayudaría a hacer una transición mindful hacia el sueño nocturno. La realidad, en cambio, era que me tiraba 40 minutos haciendo scroll en Facebook porque estaba en la misma pantalla.

Cuando mi aplicación anunciaba “un viaje interior con un impacto positivo en mi día a día”, sonaba muy sencillo. Pero cuanto más lejos llegaba en ese “viaje”, más me daba cuenta de que muchas de las aplicaciones querían que llevara a cabo la contradictoria proeza de viajar también hacia afuera, invitándome a “compartir”, a lo largo del camino, este viaje con mis amigos a través de las redes sociales.

Tras tres meses de mi viaje de autodescubrimiento, empecé a tener la sensación de que probablemente estaba poniendo una tirita a una herida de bala. Mi vida, ordinaria como es, está tan claramente fuera de control que está mucho más allá de lo que ninguna app pueda arreglar. O lo que es más, no hay nada especialmente malo en el caos diario en el que me veo involucrada.
“Sólo tienes que echar un vistazo a la historia de la felicidad” – sugirió Cederström. “Comprobarás que sólo desde el momento en el que comenzó a hablarse de algo que se supone debíamos perseguir, las personas empezaron a sentirse miserables por no lograrlo”.

Puede que una mente cristalina, despejada sea la nueva talla cero – un estado ideal que por su teórica belleza es, para la mayoría de nosotros, tan contradictorio con la existencia humana e innecesario para poder disfrutarla en toda su plenitud. Sea como sea, he decidido que mis diez minutos diarios son probablemente mejores empezando por esa pila de facturas, extractos bancarios y cartas sin abrir, que son el origen de mi ansiedad.

Quizá invertiré mis pagos de suscripción mensuales en una espuma de baño decente. Seguramente los niños continuarán utilizando todas sus armas y sus tácticas para interrumpir. Es posible que no sea capaz de abrir el pestillo a mi nirvana espiritual, pero siempre podré echárselo a la puerta del baño.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

4 + dieciocho =